El cine encumbrando ídolos. El cine desmoronando enemigos. Y no precisamente a todos aquellos provenientes desde la dirección o la actuación. Que políticos, que héroes de la historia mundial, que figuras pop… La manifestación más recurrente, y rentable, ha sido la de moldear a los íconos de la música. Es indiscutible admitir que estos torrentes plagados de genialidad y, lo distintivo, de turbulencias y autodestrucción, permiten cargar las tintas sobre pasajes íntimos que en la pantalla se realzan por la dosis de voyerismo y morbo con que son expuestos.

Las resonancias del biopic ha tenido para todo: versiones más ajustadas, pulcras, retorcidas, desbordantes, vapuleadoras, caricaturescas, manipuladoras… “The Rose” (1979), co-guionizado por Michael Cimino (el mismo de “The Deer Hunter”); la accidentada mirada de Oliver Stone sobre Jim Morrison en “The Doors” (1991); “Ray” (2004), dirigida por Taylor Hackford, sobre la huella de Ray Charles; el mutismo de Cobain por Van Sant en “Last Days”(2005); la ‘multiplicidad de caras’ sobre la figura de Bob Dylan por Todd Haynes en “I’m Not There” (2007); la imborrable estampa melancólica de Ian Curtis moldeada por el holandés Anton Corbijn en “Control” (2007); o la última entrega de Soderbergh, “Behind the Candelabra”, presentada en Cannes 2013 y protagonizada por Michael Douglas y Matt Damon, que recorre la vida afectiva y las excentricidades de Liberace, han servido para perfilar y descifrar los códigos tanto de carreras como de personalidades disímiles.

En este plano, Clint Eastwood, guiado por su afición hacia el Blues y el Jazz que nutrió a partir de la adolescencia –llevándolo alguna vez a tocar piano en clubes de Los Angeles y muy posteriormente a componer la música de sus obras–, dirigió su mirada sobre uno de los emblemas del Jazz, Charles Christopher Parker Jr. o, simplemente, Charlie Parker, saxofonista estadounidense símbolo del Bebop, en “Bird” (1987) con Forest Whitaker.

(El movimiento musical en el cine ya venía ‘pavimentando su camino’: “The Jazz Singer”, de Alan Crosland [1927]; “Sweet Smell of Success”, de Alexander Mackendrick [1957]; “New York, New York”, de Scorsese [1977]; “Cotton Club”, de Ford Coppola [1984]…).

Eastwood con una trayectoria ya configurada, aunque no definitiva, detrás y frente a la cámara, levanta a la leyenda entre un cielo y un infierno, pero no un averno que consume a temperaturas agresivas, sino uno que quema a fuego lento, aunque seguro. El filme no se encarga de exacerbar un egoísmo al modo de un rockstar, puesto que plantea las dificultades de enfrentar justificándose por las fracturas, por la pérdida, por los padecimientos corpóreos y emocionales. Nuevamente un talento fraccionado.

Entre flashbacks y especialmente raccontos se delinea el territorio personal y creativo de Parker. Los minutos iniciales delatan los primeros acordes en Kansas, su ciudad de origen, para trasladarlo junto a Chan Richardson (Diane Venora), su compañera de vida, a experimentar una nueva crisis. Asimismo, la etapa junto a sus camaradas conectando con el público, con auge en los ‘40, son como los movimientos del exorcismo para espantar los demonios que pululan con cierta contención. A través de ese espacio se comprende el proceso de conquista entre Parker y Chan.

Bebop invades the west!! advierte un cartel mientras que las presentaciones en Nueva York, Los Angeles –hasta algunas peripecias en Francia– van encumbrando y, simultáneamente, hundiendo a un heroinómano y alcohólico Parker, que encuentra respaldo en su séquito de músicos. “Buscar drogas durante el día y disfrutar de los aplausos de noche”, le dice una imperturbable Chan a Charlie, asumiendo la realidad del partner afectivo. Todos están conscientes de la condición que arrastra desde la adolescencia. Las memorias también se lo recuerdan a Parker.

Dizzy Gillespie y Red Rodney delinean igualmente esta ruta. Figuras que permiten que la humanidad de Bird no quede desplazada. Estaciones radiales que se oponen a la difusión del movimiento propagando que “El Jazz tiende a pervertir a los jóvenes”; restricciones que le impiden trabajar por su comportamiento; la escasez de dinero para mantener a sus músicos; el club Birdland en honor, a estas alturas, al ave fracturada casi en su totalidad; los intentos de desintoxicación en hospitales; grabaciones accidentadas en estudios; la pérdida de una hija. Con este último episodio, el desgarro absoluto. There are no second acts in American lives, dictaba un pesimista Francis Scott Fitzgerald.

“Bird” expone sobriedad en la puesta en escena, mostrando la geografía especialmente noctámbula del país del norte. Whitaker construyó un Parker que deambula entre la limitación y la susceptibilidad. Mientras que Diane Venora impregnó en Chan –que contribuyó valiosamente para perfilar esta versión– persistencia, aislándola de un hemisferio que la podría haber sumido en una debilidad facilista del mundo femenino. Hay fragmentación, pero también una fuerza que no se deja derrotar a la primera caída. Humanidad sobre todas las cosas. Sin duda, una cinta en que el director permitió exhibir parte de su ‘biografía musical’. Una pequeña gran dimensión de la historia propia de Eastwood.

 Lo expuesto es el cuerpo esencial de la radiografía, compuesta correctamente, del ave del Bebop. Mártir que pretendió renovarse explotando su don en una gira por el sur de los Estados Unidos esperando, a su vez, “aire fresco, paisajes nuevos, mujeres cándidas”… Obtuvo ese aire, pero efímero. Y murió a los 34 años, aquejado de cirrosis, úlceras y por un ataque al corazón, el 12 de marzo de 1955.

©Por Leyla Manzur H