Era yo un rapaz estudiante de Letras, imberbe, arrogante y que creía que se las sabía todas, pero a mismo tiempo ávido de aprendizaje y en espera de un nuevo mundo que nunca llegó. En ese entonces, la oferta de asignaturas creativas era bastante sucinta en la carrera, y el Taller de guiones dramáticos para Tv fue una de las alternativas. El profesor a cargo era Fernando Aragón, un gentleman, educado, parco, pero con las cosas claras respecto al proceso creatibvo.

La tv chilena atravesaba en ese momento por una época de cambios. La guerra de las teleseries había agotado todas las fórmulas repetidas hasta el cansancio, “Machos” estaba arrasando con una propuesta distinta a las anteriores, y los Realities amenazaban el futuro del drama y la ficción chilensis. A la gente le preocupaba más que Fulanito se agarró a Zutanita, y encandilado por una nueva propuesta más participativa en la que él podía votar, haciendo ejercicio de una democracia ilusoria y envasada, el televidente chileno se adaptó con inusitada facilidad a estos cambios. Pero la novedad duró poco.

Los realities tuvieron sus quince minutos de fama y la gente se cansó, y la ficción volvió a adueñarse de la pantalla chica. Si pensamos en alguien que ha contribuido al género Fernando Aragón estuvo presente en la mayoría de las etapas de la ficción chilenas: Responsable de “Marta a las 8” (Adivinen a qué hora la daban), el dramón ochentero de una nana en una época de roles sociales bien definidos; “Marrón Glacé”, una de las teleseries emblemáticas del 13 que marcó os inicios de la famosa Guerra de las Teleseries; y “Amores de Mercado”, lo que le significó ganar el premio Altazor por el mejor guion. También fue responsable de teleseries como “Champaña”, un thriller que narra un misterioso asesinato; “Iorana”, cuando lo identitario y autóctono se tomó la pantalla chica; o “Aquelarre”, historia que narra las peripecias de un pueblito en el que solo nacían mujeres.

Para Fernando la creación era una fórmula, fórmula que consideraba al espectador como un consumidor que esperaba encontrarse con algunos patrones en la historias que veía, y era preciso adaptar las capacidades creativas al contexto de la audiencia. Muchos podrían considerar esto limitante, pero ¿Qué escritor no lo hace? Vale, probablemente algunos, pero todo acto comunicativo implica considerar al receptor.

Fernando Aragón no se avergonzaba en absoluto por su método: hizo suyos los tópicos chilenos, los adaptó, maquilló y aprovechó, explotando todo el potencial posible, y nadie puede negar que su éxito fue producto de una gran creatividad, sumada a un método y fórmula tan precisa como una operación matemática ¿Qué habrá de malo en decirlo?

Confieso que en mis años mozos cuestioné y me opuse a esta visión de la escritura creativa, pero con el transcurrir de los años y la vejez cada vez más cerca, he de reconocer que todos usamos fórmulas. Y es gracias a eso que Aragón fue capaz de entretener y hacer felices a varias generaciones de televidentes, desde los años 80 hasta el 2000. Y eso, lo quieran o no, tiene un valor.

Su misa será hoy a las 11:00 horas en el Cementerio General de Santiago, en la que será despedida como se merece, por su indiscutible aporte a la ficción nacional ¿Qué pasará con las producciones audiovisuales chilenas? Es difícil hacer una predicción. Nadie sabe si surgirá un fenómeno similar a los realities, o si Internet obligará a adaptarse a nuevas propuestas. Las series y las Teleseries podrán aparecer en distintos horarios y días según el contenido que entregan. Pero el legado que dejó Fernando Aragón, ese será difícil de borrar. Buen viaje, respetable señor.

Por Felipe Tapia, el cambio que Chile necesita.

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