¡Ahora sí te descalabro los cachetes!

¿Existe mejor apodo que Chespirito? ¿Shakespearito? ¿Una versión chica del genio dramaturgo inglés? No, no lo existe. Aunque se destacó por trabajar más en comedia que tragedia como su tocayo superlativo, Roberto Gómez Bolaños se ganó a pulso el apodo, por crear e interpretar a tantos personajes cuyos nombres comienzan con Ch: Chavo, Chapulín, Doctor Chapatín, Chómpiras, Chaparrón, Chanfle, y probablemente muchos más.

Me cuesta mucho escribir un homenaje, ahora que las redes sociales exaltan cada tres por cuatro las figuras de cualquier finado como Robin Williams o Amy Winehouse. Lo que hace particular la muerte de Chespirito (en 2014) es que, en cierta forma, era esperable, porque murió de viejo, no de accidente o sobredosis, pero uno tiene la sensación de que murió una parte de nuestra infancia y  recuerdos de niñez, que murió parte de nuestra identidad chilena. Que se muera Chespirito es como si un día leyéramos que murió el helado Centella. La industria del cine probablemente repetirá lo de Cantinflas y aprovechará para mandarse una película sobre su vida, que esperemos esté a la altura del figurón.  También esperemos que su partida no sea tan aprovechada por el gobierno mexicano, a quien esto le viene como anillo al dedo para tapar toda la cagada que está quedando actualmente.

Esta es la segunda vez que este talentosísimo dramaturgo ha muerto. La primera vez fue a principios del 2000, cuando en realidad había muerto Roberto Bolaño, el escritor. Un pantagruélico ejercicio de ignorancia desató el rumor, que obviamente fue aclarado. Cuando leí la noticia esta vez, rogué porque otra animadora tontorrona se hubiese equivocado de nuevo. Pero no fue así. Esta vez, el responsable de que todos los chilenos en los 80 y 90 hubiésemos hablado con mexicanismos como tontos, repitiendo chanfle, maceta, petacas, ahorita, nos ha dejado. Fíjatefíjatefíjate.

Existen dos clases de personas en este mundo: A las que les gustaba el Chavo del 8 cuando chicos y a las que no. El segundo grupo suele estar constituido por personas de ínfimo nivel intelectual y moral, su alma está podrida, son candidatos a conductas homicidas o pedófilas, no se puede confiar en ellas y merecen la muerte.  Pero en términos generales, Roberto Gómez Bolaños deleitó a la mayoría de una audiencia ochentera con sus sketchs de violencia desmadrada, cachetadas, pastelazos, juegos de palabras y personajes de comedia con efectos elevados al cubo.

Chistes repetidos, personajes icónicos, y una historia simple, pero Chespirito nos hizo reír desde lo simple. No era un Monthy Python o un Bill Hicks, su humor era nada complejo, pero funcionaba, ya que ser creativo no necesariamente implica ser rebuscado. ¿Un Shakespeare chico?  No lo sabemos.

Las muletillas y frases de sus personajes fueron repetidas hasta el cansancio por incontables generaciones: “Que no panda el cúnico”, “¡Ta t ata!”, “Me da Cooooossssaaaa”, “Se aprovechan de mi nobleza”, “Qué pasó qué pasó vamos ayyy”, y miles más ¿Cuántas frases de William Shakespeare son recordadas por el inconsciente colectivo? “Ser o No ser”.

Como guionista era un crá. Como actor malo no era, pero fue opacado por verdaderos monstruos como Carlos Villagrán (Quico) o Ramón Valdés (Don Ramón), este último que reconocía que se interpretaba a sí mismo en las actuaciones, encarnando a un vago, cascarrabias y zarrapastroso padre viudo que siempre debía catorce meses de renta (Lo que me hacía suponer que conforme avanzaba la serie, alcanzó a pagar algunos, ya que la suma nunca aumentaba).

Antes de que Claudio Narea y Jorge González se agarraran de las mechas por una mujer, el elenco de Chespirito comenzaba a desarmarse: Carlos Villagrán quería a Florinda Meza, pero esta prefirió, era que no, quedarse con el macho alfa (En el contexto laboral, no físico, claro). Tuvimos el privilegio de verlos venir a Chile como pareja, al programa De Pé a Pá  de Pedro Carcuro. Con la salida de Ramón Valdés y Carlos Villagrán, los resultados en la calidad del show no se hicieron esperar: Un producto incompleto, que intentó llenar los vacíos con una insípida Popis, un poco convincente Jaimito el Cartero y una prescindible Doña Nieves. Y nunca volvió a ser lo mismo.

No, los episodios clásicos son los que merecen ser recordados. Y no solo eran pachotadas, chistes de gordos con el Señor Barriga y cachetadas a Don Ramón. El Chavo del 8 retrataba un conflicto tremendamente dramático: un niño huérfano y tonto, que no tiene nada más para desenvolverse en la vida que un barril y la buena voluntad de sus cercanos, una vieja clasista y aspiracional que muy probablemente en estos días estaría en contra de la integración de los niños en los colegios, un padre viudo cuyos némesis son el día a día y la posibilidad de trabajar, un niño mimado, ridículo e insoportable cuya madre lo ha convencido de que es el centro del universo, una vieja a la que se le fue el tren hace ratito y que cifra sus esperanzas en el desaliñado Don Ramón, etc.

Notable fue el capítulo del Señor Hurtado, cuya cleptomanía nos hizo a todos conmovernos con un Chavo que agarraba sus pilchas y las ponía en un paño, y se iba porque su honor había sido mancillado. Si no te enojó la acusación injusta que se le hizo esa vez al Chavo, tu alma está podrida y debes ser sostenedor de un colegio, especulador de la bolsa o cura pedófilo. A todo esto ¿Por qué chucha el Señor Hurtado robaba cosas como la escoba, la plancha o los calzoncillos de Doña Florinda? ¿Valía la pena arriesgarse a la cárcel por objetos como esos? ¿Era fetichista de la ropa interior de Doña Florinda?

Pero no solo de Chavo vivía Chespirito. Pudimos conocer a un altruista héroe, que se metía a combatir el crimen y ayudar a las personas sin ningún tipo de preparación física o incluso valentía. En una época donde había que ingeniárselas para los efectos especiales, nos maravillamos con las sillas de plumavit, reducciones de tamaño imposibles, levitaciones risibles, y hasta la aparición en pantalla de dos personajes interpretados por el mismo actor. No, no ha habido crossover más impactante que cuando el Chavo conoce al Chapulín. Un día podrían hacer “Star Wars” vs. “Star Trek”, y no será tan grandioso ni épico.

El Chómpiras hizo de las suyas primero con el Peterete, y luego con el Botija, para demostrarnos que el crimen no paga, y menos cuando tienes el intelecto de un choripán. Chaparrón y Lucas nos agobiaron con frases incoherentes y conductas alienadas y desquiciadas que ya quisieran tener Hannibal Lecter o El Joker. Y el Doctor Chapatín me sirvió durante años para explicar en los colegios lo que era un entremés teatral. Claro, antes de que el referente se volviese inidentificable por las nuevas generaciones, acostumbradas a un humor menos ingenuo, menos políticamente correcto y más desmadrado, hay que decirlo. Porque lamentablemente, muchos códigos culturales del show lo han ido relegando al pasado. Pese a que los canales nacionales lo repitan hasta el cansancio, lo que provocó Chespirito en mi generación, dudo que se vuelva a repetir.

Vimos a su elenco envejecer, morir y realizar papelones decadentes, como circos, programas de dudosa calidad y visitas a Chile. Pero Chespirito se mantenía como el Patriarca intachable, regodeándose de su reputación y nombre en los programas de entrevistas, obviamente avejentado, pero inconfundible igual, con esa voz ronca tipo Chómpiras que solo en El Chavo suavizaba. Pero como el Chapulín Colorado, Chespirito, no eras para nada invencible. Eras más noble que una lechuga y más fuerte que un ratón. Eso hacía único al Chapulin: Era humano. Y por eso mismo, nos dejaste, Chespirito. Si existe algo más allá de la muerte, y puedes leer esto, quiero pedirte algo: Quiero que vayas directamente donde tu tocayo William Shakespeare, y le digas que la cultura popular recuerda solo una de sus frases, y decenas de las tuyas. Sí, díselo, sin miedo, no tienes nada que empequeñecerte frente a esa estrellita. Dile que se lo digo yo, que se lo manda a decir Felipe Tapia. Y disfruta tu descanso, porque te lo ganaste.

© Por Felipe Tapia, que todavía quiere saber a qué sabe el agua de Jamaica.

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