Lo más impactante de “Drive” es la perfección del director para crear una atmósfera continua y sólida, sin recurrir a ningún artilugio pirotécnico, sino que con pura cinematografía. Imagen y sonido siendo uno solo, en que el PP de la mirada del protagonista, importa tanto como el sonido de su guante de cuero cuando empuña la mano.

Así como el gran David Lynch lo hizo de manera extrema, Nicolas Winding Refn mantiene al espectador alerta incluso cuando pareciera no estar sucediendo nada.

El lindo chico rubio y la inocente chica rubia, son personajes perfectos para hablar de  esa porción de Estados Unidos, ya bastante conocida por nosotros a través de las películas: la vida en los suburbios, la mafia amenazante, la soledad irreparable de sus habitantes.

Ryan Gosling, el conductor, es un tipo que prácticamente no abre la boca en toda la película, que cual mono animado usa siempre el mismo vestuario exquisito, que trabaja como precision driver de cine para mantenerse y conduciendo en robos para ganar dinero. Es un tipo tan cool, un personaje tan bien construido desde la actuación, que sin mover un músculo de su cara (excepto cuando esboza una sonrisa para la chica que le gusta), tiene los matices necesarios para hacernos caer en la trampa de estar atentos a cada una de sus decisiones, cada uno de sus movimientos, sin poder resolver nunca si se trata de un niño bueno o del sicópata que todos llevamos dentro. Y claro, “Drive” es un poco ambos, en este western post moderno, donde nuestro vaquero va recorriendo las calles y salvándose el pellejo. Y así sin distracciones, vamos durante 102 minutos en el asiento del copiloto, encontrándonos con hombres cada vez más horribles, que tan dentro del sistema como libres de la ley, van haciendo y deshaciendo a punta de tenedores ensartados en el ojo del enemigo y navajas que por si acaso, cortan todo lo que se mueva.

Basada en la novela de James Sallis llamada también “Drive”, esta película tan oscura como una noche solitaria, tan magnética como “Carretera Perdida” y tan masculina como el cine negro (donde las mujeres sólo son putas drogadictas o suaves pajarillos con un ala rota) nos conduce junto a la constante música electrónica ochentera, por un sentimiento de decadencia implícito en las calles y en los personajes, que viven en una especie de limbo terrenal, luego de haber tomado algunas malas decisiones. Es gente tan solitaria que cree amar al primero que le tiende una mano o le ofrece un poco de atención; tal cual hoy en  cualquier ciudad del mundo, donde nadie sabe quien vive justo al lado, por miedo a vernos expuestos, terror de arriesgarnos a ser heridos. Y la tesis en “Drive” se cumple, con el retrato de la constante melancolía de aquello que aún no ocurre y que tímidamente espera: una tarde de sol, alguien pregunta por ti, alguien mata por ti.

“Drive” nos conduce por las calles abandonadas de una película tan bien narrada que hipnotiza, transformando la oscuridad en puro placer cinematográfico y donde difícilmente el espectador (al igual que los personajes), podrá quedar indiferente a ese extraño paseo en auto, que  nos embauca hasta el final.

 

 

©Por Magdalena Chacón.