ADVERTENCIA: Si no quieres que te arruinemos con spoilers, no leas este artículo. Aunque, siendo honestos, esta cuestión de serie es más enredada que cachipún de pulpo, así que lo leas o no, te vas a confundir igual.

Hace dos años Netflix nos sorprendió con una serie que intentaron vendernos como una nueva “Stranger Things”, peor estrategia de marketing ever. Aparte de los niños perdidos y la alusión a los años 80, el público de ambas series es casi antagónico. Solo imaginen que a Once le estampen una piedra en el mate. Luego de dos intensas temporadas la historia se tomó un respiro de un año para volver con un final que arrancó el mismo día del apocalipsis, el 27 de junio.

A menudo me quejo de que las series se alargan más de lo necesario debido a su éxito, pero en esta oportunidad me voy a quejar de lo contrario. Pienso que la tercera temporada de “Dark” fue muy rápido y demasiada información nos fue entregada en solo ocho episodios que pudieron ser diez.

Las primeras dos temporadas de la serie debimos hilvanar meticulosamente los sucesos y los parentescos entre cada versión de los personajes para no enredarnos. En esta nueva temporada se incorporó un nuevo concepto: el de mundos paralelos, complejizando la ecuación y multiplicando la confusión para entender la trama.

A estas alturas está bastante claro que “Dark” no es una serie para desplomarse en el sofá y entretenerse un rato, sino que requiere de toda nuestra concentración para seguir el hilo. Algo que Julio Cortázar llamaba “el lector macho” (Es probable que me funen por esta comparación). Un lector macho, a diferencia del hembra que se deja llevar por la historia en modo pasivo, asume un rol activo construyendo la trama, uniendo nodos, especulando, anticipándose a las posibles teorías y retornando a sucesos pasados para armar el argumento. La labor se tornó más compleja durante esta temporada, pues debíamos vigilar con atención lo que hacían las distintas versiones de cada personaje en todas las dimensiones y épocas.

Por supuesto, ahí estaban los escritores para echarnos una mano. Pienso que abusaron un poquito del recurso de la cicatriz para que identificáramos personajes: la que se le hace a Martha de la dimensión alterna fue un tanto forzada en cuanto a la explicación porque su yo más viejo se la hace. La hija de Hannah simplemente aparece con una cicatriz, porque sí. Y así sucede con más personajes. Con seguridad, de no existir esas oportunas marcas habría sido más complicado todo, y se entiende el recurso, pero pudo ser mejor explicado. Y eso me lleva a otro punto del análisis.

En temporadas anteriores se tomaban mucho más tiempo para contar que un personaje era hijo de otro, producto del viaje temporal realizado en algún momento. En los recientes episodios los parentescos imprevistos parecían simplemente obedecer a la trama, como la hija de Hannah, a la que Bartosz reconoce de inmediato. Lo mismo con los hijos que este último termina teniendo, casi por cumplir con el gran plan.

Otras cosas como quiénes eran los otros miembros de Sic Mundus que aparecían en la foto, o ¿por qué Charlotte se roba a sí misma en el futuro? ¿sabía que debía darse en adopción al científico en el pasado? ¿De verdad Kahtarina no pensó en un mejor plan que cogotear a su madre? Y luego, el asesinato pasó sin pena ni gloria, fue básicamente para eliminar a un personaje o darle un rol en esta temporada.

Me atrevería a decir que existía cierta presión por darle un cierre redondo a la historia y por eso se apresuraron con algunos hilos argumentales. Lamentablemente, la audiencia promedio de Netflix está acostumbrada a historias que explican todo, que dejan más respuestas que preguntas. En ocasiones, una buena historia debería dejar cabos sueltos, preguntas e incertidumbres que, lejos de entorpecer el argumento, lo enriquecen. Pero bueno, es lo que pasa cuando una producción alemana debe jugar con las reglas del mercado de entretenimiento gringo.

Ahora, luego de todo esto ustedes pensarían que me quedé disconforme con el final de la serie, pero nada más lejos de la verdad. “Dark” es una de las mejores series de los últimos tiempos, no solo por el impecable trabajo narrativo que no busca impactar mediante la sorpresa como tan a menudo se hace, sino también por conjugar tópicos como la religión, la mitología, la física cuántica, la filosofía, el destino, el existencialismo, la ciencia ficción dura, y el hecho de que son, finalmente, las decisiones de los personajes lo que hace la historia. El viaje en el tiempo es un tópico ya clásico a estas alturas, pero es el tratamiento que se le da lo que puede hacer que una historia sea innovadora o no. En este caso, es lo primero.

Cuando una serie es exitosa cuesta mucho contentar a todos con el final, pues mientras más éxito cosecha, las expectativas serán más altas. En este caso, el final estuvo a la altura de la serie, y eso es un logro no menor en el panorama audiovisual actual. No, no es moco de pavo, chicos.

Pero los que quedaron huérfanos de series no deben temer. Porque el final de “Dark” no es el final.  Esa es otra de sus cosas buenas. Creo que “Dark” debería ser vista más de una vez, pues muchos detalles podrán ser apreciados de mejor forma en una segunda pasada, como cuando relees un buen libro o escuchas un buen disco varias veces. Es una de las pocas series que no está hecha para ser disfrutada una sola vez, aunque ya conozcas el argumento. Probablemente, cuando me reponga del berenjenal que me quedó en la cabeza, le daré una segunda repasada. Y sí, ya sé que fui bien duro al principio señalando errores o inconsistencias, pero solo hago eso cuando estoy ante una buena trama lo suficientemente interesante como para criticarla. Así que, considérense halagados, señores guionistas.

Lo otro, ¿Ulrich seguirá esperando que lo saquen del manicomio?

Por Felipe Tapia, amo y señor de las múltiples realidades