Thatcher dijo una vez que si necesitas andar diciendo que eres poderoso, es porque no lo eres. Podríamos aplicar ese mismo principio a ser rupturista, y como resultado tendríamos a “Homeless”, película animada escrita y dirigida por Jorge Campusano, José Ignacio Navarro y Santiago O’Ryan, que busca colgarse de la generación que creció con “South Park”, “Family Guy” y “Rick and Morty”.

Ya el arranque constituye un problema en sí. Como el troll de internet que invoca arena, colocan un texto que dice:

“Esta película no discrimina, ofende a todos por igual”. Ok, soy contrario al cine políticamente correcto, pero resulta algo penoso tener que hacer alarde de tu propia irreverencia. Además como estrategia no suele dar buenos resultados, pues acarrea expectativas que rara vez se cumplen. Los que recuerdan la campaña publicitaria de “Ted” seguramente sabrán a qué me refiero.

Una crisis destruye el sistema económico y un grupo de indigentes o homeless emprenden una cruzada para restaurarlo, ya que quieren volver a vivir de la basura en un campamento. Los villanos son el estereotipo del empresario maligno y su correspondiente Espinita, que quieren esclavizar a un grupo de indigentes en una fábrica en lugar de continuar con su imperio globalizado multimillonario. No es nada novedoso, ni tampoco coherente.

En el siglo pasado la animación chilena prácticamente no existía, y las condiciones técnicas demandaban que para que dicha industria existiese, se necesitaban muchas lucas. Por fortuna, la tecnología abarató los costos y una cultura de animación comenzó a forjarse, manifestándose a principios de milenio con producciones como “Diego y Glot”, “Ogú y Mampato”, etc. Pero ese boom se desinfló, pues era difícil competir contra el mercado gringo y nipón.

Lamentablemente, “Homeless” pocas veces se siente como una producción nacional. Muchos de sus personajes son clichés que solo prueban que la creatividad de los guionistas está contaminada por la invasión cultural gringa: los hippies que fuman hierba, la adolescente que odia a sus padres, el gordo nerd computín con espinillas, el niño inseguro de padres ausentes, los villanos, todos parecen un reciclaje de monos gringos.

Incluso muchos chistes son descaradamente reciclados de “Los Simpsons”, como cuando los protagonistas están perdidos y uno dice “¿Tú me vienes siguiendo? Yo venía siguiéndote a ti”; o también cuando a uno de los personajes a quien se le aplica electroshock por todo, pregunta “¿Puedo dar una respuesta que no produzca más electroshocks?”. Incluso hay una talla reciclada de “Austin Powers”, cuando los villanos nombran a su plan maestro como “Operación Seek and Destroy” y alguien les dice que esa es una canción de Metallica (Un chiste parecido se da en “Austin Powers” pero con “Alan Parsons Project”). De esa misma película se copia el hecho de que un edificio tenga forma de pene (Algo que al guionista no debería parecerle gracioso, a menos que tenga siete años).

Incluso la manera de hablar está sacada de películas extranjeras. Expresiones estereotipadas como “Mueve tu gordo trasero”, “Entrégame el estúpido pendrive” o usar el insulto “maldito” indican un retroceso en la identidad de la animación chilena, pues las producciones que mencioné al principio, pese a las falencias que tenían, pudieron forjarse una identidad propia y se dieron el trabajo de reflejarla en la manera de hablar de sus personajes. Y para qué decir de las referencias culturales: “Mr. Robot”, “El Señor de Los Anillos”, “Walt Disney”, “Anonymous”, son parodiadas en un contexto en el que ya nos conocemos todas las parodias a través de Internet, así que no esperen ninguna crítica ácida. “Homeless” me recuerda a la canción de Los Prisioneros que dice “No nos incomoda revolver los estilos, mientras huelan a gringo y se puedan bailar”. Como si no hubiéramos aprendido nada de la película de “Condorito”.

El argumento tampoco tiene consistencia, y no alcanza a ser ni una crítica mordaz ni tampoco una pachotada de humor negro. El guion pareciera que se fue haciendo sobre la marcha, hay escenas sin utilidad, como cuando van a una aldea hippie. La historia parece que transcurrió en unos minutos, pero se supone que pasan días desde el inicio. Hay saltos de un suceso a otro y no hay coherencia, y que se trate de humor absurdo no es excusa, pues hasta “Family Guy” o “Rick and Morty” se preocupan de esos detalles.

Tampoco es exitosa al tratar de ser ofensiva, como se vanagloria al principio. Es verdad, los protagonistas son indigentes, uno de ellos es gay y el otro es un amputado, y hasta ahí nomás llega todo. Lo demás es la típica historia de tratar de salvar el mundo con un objeto sagrado/mágico (Que en este caso es un pendrive que contiene todo el dinero del mundo, sí, es tan estúpido como suena). Se intenta colar una pseudo reflexión respecto a que el dinero es un papel sin valor, pero el carácter de la película vuelve imposible tomárselo en serio. Si su intención hubiese sido precisamente esa, estaría bien. Pero no era el caso. De hecho, el supuesto discurso rupturista trata de hacernos ver que los indigentes lo son por voluntad propia, que el pobre es pobre porque quiere y porque no quiere trabajar. Uno no alcanza a saber si esa idea proviene de la ignorancia del guionista o es solo otro intento por parecer políticamente incorrecto. Como sea, no funciona. Más bien parece una película de animación escrita por Sebastián Badilla.

En definitiva, “Homeless” muerde más de lo que puede masticar al tratar de hacer humor negro. Y por supuesto, no ofende a nadie, así que la advertencia del principio estaba de más. Solo se aprovecha de la moda actual de este tipo de series animadas, pero es el 2019 y los monos para adultos, que en los 90 eran una novedad, ya no lo son. Por lo tanto, si quieres hacer una película con esas características, debe tener una buena historia, sino solo estás aprovechando el vuelo e imitando las tendencias del mercado de entretenimiento, que es justo lo contrario a ser políticamente incorrecto.

Lamentablemente la película le hace un flaco favor a un posible renacimiento de la animación chilena, pues comete errores esenciales como copiar productos extranjeros, una historia débil, exceso de lugares comunes, publicidad engañosa y falsa irreverencia. Mezcle todo eso y tiene la receta para la mediocridad.

Por Felipe Tapia, el crítico al que las generaciones de hoy no respetan como es debido.