Vivimos en una época (O como diría el Señor Sarcasmo, en una sociedad) en la que los relatos del siglo pasado como la meritocracia, el liberalismo y hasta la democracia representativa se caen a pedazos. Incluso hay quienes especulan que tienen los días contados. No soy quien para desmentir o confirmar esos ejercicios de futurología, no obstante cualquier persona debería estar de acuerdo con que matarme trabajando no garantiza en absoluto que subiré un peldaño en la pirámide social.

En plena era de la información también se repiten mantras de todo tipo que encuentran en internet un púbico que suele reproducirlas no en función de si son verdad o no, sino más bien qué tanto se acomodan a sus respectivos credos religiosos, morales y políticos. Por ejemplo, la idea de que el modelo neoliberal nos vuelve más egoístas y frívolos. La verdad, no existen garantías concretas para corroborarlo. Incluso si examináramos otro tipo de sociedad – una anarquista, por ejemplo- y observáramos que las personas suelen ser más colaborativas, sería bastante difícil demostrar que tal comportamiento es una consecuencia directa de un determinado modelo social y no se debe a otros factores. En resumen, lo que suele denominarse “falacia de falsa correlación”. De hecho, autores anarquistas como Piotr Kropotkin en “El Apoyo Mutuo” sostienen justamente que condiciones sociales adversas propician la colaboración entre pares, porque si nosotros no nos ayudamos en medio de la injusticia ¿Quién lo hará?. Que el lector apasionado no me malinterprete, que no busco hacer una apología del neoliberalismo. Al contrario, solo busco verificar qué tan responsables somos como individuos de nuestras acciones, y qué tanta responsabilidad tiene el sistema en el que nació cada uno.

A estas alturas los seguidores de Cinetvymas se estarán preguntando “¿Qué chifladura le pasa a este tipo? ¿Cuándo va a hablar de la película? ¡Que vaya a dar opiniones de política a su muro de Facebook y deje de dar la lata!”. Pero es que es imposible analizar “Parasite” de Bong Joon-ho sin considerar lo político, pues es la columna vertebral de esta historia ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes de 2019. Además ¿Saben qué más? Me gusta hacer introducciones largas a mis textos simplemente porque me viene en gana, así que se aguantan. ¡Que pa eso tengo plata!

Gi Woo y su familia son pobres y están desempleados. Se ganan la vida armando cajas de pizza y sueñan con una vida sin pellejerías, esperando ese golpe de suerte que los sacará del hoyo. Cuando ese día llega, Gi Woo consigue a base de mentiras y falsas referencias un trabajo como tutor de una alumna de una familia rica, los Park, quienes son totalmente lo opuesto a los Gi: no tienen preocupaciones, tienen servidumbre que atiende todos sus caprichos y jamás han conocido el esfuerzo. Como adivinarán, su vida es una alienación absoluta de los problemas del prójimo y solo se dedican a disfrutar de sus inmerecidos lujos. Obviamente eso gatilla la envidia y el resentimiento de Woo y su padre, madre y hermana.

Usando métodos que envidiarían Los Simuladores y Los Magníficos, el joven logra deshacerse de la servidumbre y poner en su lugar a su padre, madre y hermana, quienes se aprovecharán de la ingenuidad de sus empleadores no solo para un empleo remunerado, sino también para saborear de tanto en tanto los privilegios de los ricos, como la casa, las comodidades e incluso el amor. El problema es cuando en lugar de desarrollar una conciencia social, la familia adquiere con inusitada rapidez el clasismo, individualismo y pereza de aquella clase que hasta hace poco despreciaban. De hecho, no les importa en lo más mínimo aquellos que perdieron sus trabajos con tal de asegurar sus nuevos privilegios.

¿Es la familia Gi una radiografía precisa de nuestra sociedad, ambientada en la capitalista Corea del Sur, o por el contrario son un grupo de oportunistas frescos de raja sin ética, que no constituyen en absoluto la forma de pensar de la mayoría de las personas, las que al verse en su misma situación habrían actuado de otro modo? Esa es la principal interrogante que nos deja la película.

Con cuotas de drama, humor negro y crítica social, “Parasite” es de esas películas que nos confirman que muchas veces el arte no tiene que hacerte sentir bien. Por el contrario, a veces debe hacerte sentir incómodo. Muchas de las escenas y giros en la trama provocarán incomodidad pero sin esta es imposible conducir a la audiencia a una reflexión valiosa sobre los hechos que se exponen. No es una película de buenos y malos; ambas familias y las realidades que representan tienen un poco de ambas cosas.

Habría sido un error romantizar la pobreza y mostrar a la clase trabajadora como humilde, generosa y pura, y a la clase dominante como déspota y maltratadora, que es el relato de moda que prefieren las redes sociales y las películas de superhéroes. Por el contrario, se nos ofrece una realidad más lúcida sobre la desigualdad, y los “parásitos” a los que alude el título podrían ser cualquiera de las dos familias.

Habrá quienes justifiquen y defiendan el comportamiento de la familia Gi. Otros dirán que no puedes esperar que solo los menos pudientes tengan la obligación de actuar según la ética si es que la sociedad no ha sido justa con ellos. Me acuerdo de una propaganda del metro en la que una persona salía diciendo: “Gano el mínimo pero no evado y tengo la conciencia tranquila”. Si hubiésemos seguido esa lógica, nadie habría protestado contra el alza del pasaje y el status quo se habría mantenido, independiente de lo injustas que sean las cosas en nuestro país, tan distinto a Corea del Sur y tan similar a la vez. Esa es otra de las cosas buenas del filme: el dilema ético que plantea es homologable a prácticamente cualquier realidad, no solo la del país del que procede. Los grandes temas son universales, y muchas veces atemporales.

¿Puedo justificar mi egoísmo diciendo que crecí en una sociedad con un modelo neoliberal? ¿O por el contrario debo hacerme cargo de mis actos como individuo? ¿Debería abstenerme de robar si con eso podré mantener a mi familia, o debo abrazar una ética inhumana y fría? ¿Puedo justificar mi machismo, racismo o clasismo con haber nacido en determinada época y lugar? ¿Es permitido resentirme con gente con más privilegios que yo, aunque estas no sean los arquitectos del modelo de desigualdad, permitiéndome dar rienda suelta a un odio mal enfocado? “Parasite” es una excelente y recomendable película no porque sea un panfleto, sino justamente por lo contrario. Deja más preguntas que respuestas al final, y todos, sin importar nuestra clase social, deberíamos verla e intercambiar nuestras impresiones sobre lo que plantea.

Por Felipe tapia, el crítico que hace pipí sentado