“7 Días en La Habana” es una película que a través de siete días, siete historias, siete cortometrajes, intenta transmitir las distintas emociones que la capital cubana puede entregar en una semana. De lunes a domingo no es sólo un conteo sucesivo de días y sucesos sino que se escribe como una progresión a la mirada de una Cuba que se vuelve más real, más particular y más humana.

A diferencia de proyectos como “Paris, Yo te amo”, la construcción del relato total conjuga la vida de una isla que se ve y se siente real. No es una suma de ideas sobre, ideas preconcebidas o punto de vista determinados, es una obra en sí misma donde si bien cada cortometraje construye una narrativa particular, y de paso un punto de vista, se conjuga una visión de mundo propia de una sociedad policultural donde la segregación interna y el juicio constante desde y hacia la sociedad cubana denotan aristas y sutilezas que a la larga desenvuelven rasgos de una personalidad como si Cuba fuese un personaje que entre muchos guionistas estuviésemos construyendo. Un personaje complejo, con muchas capas, contradictorio y perseguidor de la consecuencia a la vez; muy parecida a sus similares pero con identidades que la vuelven única.

Paradójicamente, “7 Días en la Habana” no es una película compleja. Es amigable y cercana, donde los relatos guían las paradas que cada director desea destacar pero donde se mantiene inalterable la idea de que cada idea es sólo una más de muchas posibles. De alguna manera es una invitación a generar tus propios juicios, a buscar tus propias historias y a entender que por más común o descabellada que te parezca tu lógica es sólo 1 en 365 días de realidades distintas. Así, conviven Julio Medem y Gaspar Noé, o es comprensible que una estrella de Hollywood viva de valores adolescentes mientras Emir Kusturica se define en los problemas más propios del género masculino: su relación con las mujeres.

Aún así, hay luces. Quizás (y traicioneramente), los momentos en que la sombra cubre La Habana no hace justicia a la belleza propia del sufrimiento. A la creación desde el misterio. O simplemente al duelo necesario. La oscuridad se pierde entre cuentos superficiales que, más por su tratamiento que por sus temáticas, pierde la voz propia de la Habana y escoge porque hable el director. En cualquier lugar quizás cabía, sin mayor problema. Pero cuando el mar no se escucha, el viento no refresca, y las risas y el llanto se unen, una voz que se levanta parece un grito amplificado. La necesidad de retratar su propia visión y, lo más lamentable, su propio cine evita que se construya un discurso impecable sobre La Habana contemporánea. Así, grandes momentos se vuelven eso, o peor, destacan como cortometraje en sí cuando la idea pareciese ser recibir una idea unificada.

Las caídas de Medem, Noé y en mucha menor medida Juan Carlos Tabío, realzan la mirada de Elia Suleiman, la puesta en escena de Laurent Cantent y la capacidad de contar una historia de Pablo Trapero (quien se alza como uno de los realizadores más completos y talentosos del cine latinoamericano contemporáneo). Paradójicamente una película que transmite identidad encuentra en sus dicotomías la mejor forma de describirse, y así, quiéralo o no, logra que ciertos cortometrajes destaquen como pieza en sí misma, cuestionando el relato global. Quizás, esta también es una buena forma de entender la Habana hoy. Una Habana posmoderna que en el aislamiento y el desconocimiento que el posmodernismo ya llegó, encuentra en su propia identidad un cuestionamiento de ciertas cosas y un acostumbramiento a otras, borrando límites valóricos y respondiendo a lo que Cuba conoce de Cuba más que a verdades construidas universalmente. Probablemente sin intención, “7 Días en la Habana” construye una película que habla más de La Habana, más de Cuba y más de América que lo que entendía, pretendía y probablemente conocía.

Cada historia es única pero hablan de lo mismo, cada personaje es complejo pero todos reaccionan igual. Como si la identidad no fuese personal sino colectiva. Y como si La Habana fuese un único lugar en el mundo, y no cada ciudad en un mundo de soledad.

 

©Ignacio Hache

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