Salvador Allende es una de las figuras que más pasiones despierta en los chilenos. Sentimientos que abarcan las posiciones más extremas que pueden habitar en un ser humano; para muchos un héroe que dio su vida por sus convicciones, así como algunos lo señalan como un traidor a la patria. Como sea, teniendo una de estas visiones o alguna más matizada, lo cierto es que la vida del expresidente no es indiferente para nadie en Chile y para todos marca un antes y un después en nuestra historia.

A pesar de su innegable peso histórico y una vida sumamente atractiva desde el punto de vista narrativo, Allende ha estado prácticamente ausente del cine chileno (al menos de la ficción). Solo en dos ocasiones anteriores ha aparecido, y de manera muy fugaz.  Vale en este sentido mencionar la notable cinta de Helvio Soto “Llueve sobre Santiago” rodada en Bulgaria pocos años después del golpe.

Así es como la nueva película de Miguel Littin, cineasta que ha postulado dos veces al Oscar, llega precedida por grandes expectativas, pues es la primera donde Allende es el personaje principal.  Un filme que además es protagonizado por uno de los actores más queridos de nuestro país, Daniel Muñoz.

“Allende en su laberinto” no es una biografía del expresidente, sino que se centra en las últimas horas del mandatario. La cinta de hecho comienza con Allende levantándose en su casa de Tomás Moro el día 11, lugar donde empieza a saber que se trama una situación en su contra, aun cuando está lejos de sospechar el desenlace de esa jornada.  De ahí, al igual que en la historia real, el conflicto se traslada a La Moneda y seremos testigos, a través de una muy bien lograda recreación artística, de uno de los hechos más dolorosos de la historia reciente, según la mirada que nos propone Littin.

Consecuente con el título de la cinta, la historia se centra por completo en la figura del exmandatario y sus conflictos. Prácticamente no hay escena en la cual no aparezca Muñoz, quien llena la pantalla y, demostrando una vez más que es uno de los mejores actores de Chile, es capaz de ponerse en la piel de un personaje complejo y hacerlo verosímil, incluso cuando cada texto que pronuncia está demasiado bien construido;  a pesar de que cada diálogo parece sacado de un discurso, dicho por Muñoz suena real, potente y emotivo. Aquí es donde además traspasa la pantalla el conocimiento que Littin tiene de Allende y la admiración que siente. El personaje está lleno de detalles, como por ejemplo la permanente coquetería del presidente con las mujeres, situación que incluso le aporta un sutil humor a la película.

Más allá de la gran actuación de Daniel Muñoz,  las relaciones de Allende con sus colaboradores son las que le dan el peso a la historia. En este sentido las conversaciones con su amigo Augusto “El perro” Olivares, nos ayudan a comprender mejor el carácter del mandatario, sus convicciones más profundas,  y nos introducen de lleno en el tránsito histórico que se vivía en ese momento. Y así como Olivares es la épica de la película, el lado humano está presente a través de La Payita, interpretada por una inmejorable Aline Kuppenheim. Es con ella cuando Allende se muestra, no como la figura legendaria, sino como un hombre común, temeroso de lo que depara el futuro próximo para Chile y sus seres queridos.

Vale decir que la película tiene algunas falencias menores, como por ejemplo varias tomas de explosiones en las ventanas donde curiosamente los vidrios no se quiebran, o escenas donde el humo es evidentemente digital. También algunos personajes secundarios cuya interpretación, probablemente por causa del doblaje, suenan totalmente exageradas y teatrales.

Más allá de esto, la cinta logra ser épica e introspectiva a la vez. A pesar de que no se ven planos desde afuera de La Moneda  y el relato se realiza a través de espacios pequeños y tomas cerradas, todo es consecuente con que esta es la historia del laberinto interno en el cual Allende vivió sus últimos momentos. Atrapado por sus convicciones, traicionado por las fuerzas armadas, pero acompañado hasta el último momento por un grupo de fieles que dieron su vida por él.

© Juan Carlos Berner

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