Con Omar Sy en el papel de su vida y con un sobrio François Cluzet, llega a la cartelera local la historia de Driss, un joven de clase baja que sólo aspira a cobrar cheques de manutención estatal y su encuentro con Philippe un millonario cuadraplégico que ha visto en él las agallas suficientes como para ayudarlo a salvarse y, de paso, salvarse a sí mismo.

Así como su traducción al español (“Amigos”) prevee, esta película se percibe cercana, amable y simpática. Más allá de la poca profundidad que estos calificativos implican no dejan de acarrear una especie de manto benevolente que la cobija. No como distractor o desde una mirada condescendiente, más bien desde la inteligencia estratégica y desde cerebros titiriteros muy claros en qué y cómo mover. Por más que su país de procedencia sea Francia, por más que su título original lleve al doble discurso, y por más que su postulación al Oscar nos entreguen ideas disidentes de lo visto constantemente en cartelera, la película que conciben Olivier Nakache y Eric Toledano funciona dentro del mismo código narrativo que estamos acostumbrados a ver.

Tal como respetamos y entendemos películas como “50/50”, o “Ruby Sparks”, de ningún punto de vista es cuestionable el tipo de código en el que se manejan, pero es necesario ser claro con respecto al mundo que transita. No estamos hablando de “Amélie” ni tampoco de “El encanto del erizo”, tampoco atenta contra el cine clásico francés o es un ataque contra Rohmer, pero sí le guiña un ojo al otro lado del mundo. Dentro del cine contemporáneo, “The Intouchables” juega más dentro del sentido clásico del cine americano que adueñándose de él. También lo hace con las reglas, ya que las lógicas de distribución y penetración en el mercado hablan más de lógicas tradicionales que a lo que podríamos esperar del otro último éxito del cine francés “Holy Motors” (por ejemplo).

Al momento de cortar el queque la respuesta es una sola: esta es una buena película. Tranquila, sin grandes trucos y en pleno conocimiento de sus propias limitancias, el ejercicio de esta obra cumple con lo propuesto por sus propios autores y no por lo que uno podría esperar. Clara y concisa en su guión, con una puesta en escena funcional y con actuaciones que despuntan (muy en la lógica del cine hoolywoodense), destaca por sobre sus competidores al momento de ser coherente sin ningún nivel funcionando por sobre otro. Por ahí también pasa su poca capacidad de replicarse una y otra vez, ya que si bien se sostiene por sí misma y en sus propias ideas (otra vez, las de la mayoría) no logra esa trascendencia que te lleva a sentir que te acabas de ver en el cine. Más bien la sensación es similar a la de haber terminado una buena novela. Quizás ese código de la buena “historia” aquí se aplica mejor que nunca.

Una vez más, si al final se trata de disfrutar del cine podemos sentirnos satisfechos, ya que aunque quizás no estamos frente a una terapia de vida o un baño de emoción, sí cumple con las expectativas de estar frente a una obra de cine. No es sólo entretención, es cine. Quizás no en su máxima expresión, pero al menos es.

©Ignacio Hache.