El caso de Martín Larraín, hijo del exsenador y expresidente de RN Carlos Larraín, fue profusamente difundido por la prensa hace algunos años, y motivo de extensos debates tanto en los medios de comunicación como en redes sociales. La situación pasó de ser un hecho policial, a un claro ejemplo de cómo ciertos sectores sociales se liberan de la cárcel usando el poder del dinero y diversas artimañas legales. El caso de Martín Larraín fue el paradigma de la desigualdad en Chile, de los privilegios a los que puede acceder un minúsculo grupo de personas en nuestro país.

Con esa historia como base, el talentoso director Alejandro Fernández Almendras (o AFA, como firma en esta película), desarrolló su nuevo largometraje “Aquí no ha pasado nada”, en el cual cuenta una historia muy similar a los hechos ocurridos el día en que Martín Larraín atropelló y dio muerte a Hernán Canales. Sin embargo y sorpresivamente, AFA no tiene como protagonista a Martín Larraín, sino que al amigo de este que fue culpado del crimen en primera instancia.

Vicente, como se llama el personaje en la película (no se usaron los nombre reales) es un muchacho de clase alta cuyo mayor interés en la vida es pasarlo bien. No tiene grandes preocupaciones, no se proyecta en el futuro pues sabe que lo tiene asegurado, ni demuestra mayor interés por ningún tipo de proyecto a largo plazo (familia, trabajo, etc). Una noche de juerga, una de tantas, Vicente sale con Manuel Larrea (entiéndase Martín Larraín) y un par de amigos más. En el camino, Manuel que va conduciendo el auto, atropella a una persona. De todo esto Vicente ni se entera, pues está demasiado ebrio en la parte de atrás del vehículo. Así, sus “amigos” lo dejan en su casa sin ninguna explicación. Horas más tarde el grupo pasa a buscar a Vicente nuevamente y él empieza a descubrir, sin entender mucho lo que pasa, que ha ocurrido un accidente fatal y que el principal acusado es él.

El relato en términos generales, en muy similar a lo que trascendió en la prensa sobre el caso Larraín, así que cualquier espectador que haya leído las noticias no debe esperar un giro sorpresivo ni mucho menos. Sin embargo, lo importante aquí no es tanto la historia, sino como está contada, y los innumerables ribetes sociales y morales que de ella surgen.

La película de AFA si bien es una historia sencilla, puede ser vista desde una gran cantidad de perspectivas, todas y cada una igual de válidas y que además cambiarán mucho según las experiencias del espectador. En este sentido “Aquí no ha pasado nada” es una cinta riquísima, que genera debate y hace que uno se replantee muchas cosas.

Para explicarme mejor valga una comparación. En el cine norteamericano, usualmente hay un individuo acusado injustamente, y uno empatiza fácilmente con la situación del tipo bueno que debe enfrentarse al sistema. Vicente en cambio sufre una injustica en términos legales, pero es un ser que no aporta nada a la sociedad, y solo se preocupa (si es que) de sí mismo. Entonces es un personaje que por un lado da lástima, pero al mismo tiempo es repulsivo, aunque no es una mala persona. Vicente es víctima de un sistema perverso, pero del cual por omisión también es parte. Probablemente si Vicente hubiese estado en el lugar de Manuel habría actuado igual, porque en esa burbuja que viven muchos jóvenes de la clase privilegiada no hay lealtades, y gana el que más plata tiene.

Las excelentes actuaciones están apoyadas además por el gran trabajo de Inti Briones, director de fotografía que logra un trabajo sumamente realista, casi documental de los hechos. En la banda sonora suena “Sacar la voz” de Anita Tijoux, en un claro refuerzo de lo que el espectador quiere que suceda pero nunca pasa. Ni en la película ni el Chile real.

“Aquí no ha pasado nada” es una película simple con muchas historias: La de la clase alta chilena que siente que está en otro plano de la realidad, y por tanto por sobre el sistema y la ley, la historia de lo desigual que es Chile, la historia de cómo opera el sistema judicial aquí, la historia de un grupo de jóvenes a quienes no les importa mucho nada porque ya tienen todo… y muchas historias más que van surgiendo en la medida que la película se va masticando después.

Porque además eso es lo mejor del filme: es una cinta para discutir. Le recomiendo de hecho que no vaya solo a verla, ojalá con un grupo de amigos. Verá que al salir de la función la conversación solo enriquecerá el excelente trabajo de Alejandro Fernández y su equipo.

Por Juan Carlos Berner

En Twitter: @jcbernerl