En el año 1976, un joven y desconocido actor llamado Sylvester Stallone buscaba que alguna productora filmase una película escrita por él. Después de mucho golpear puertas, Stallone logró que la película se hiciese, y más encima, ser el protagonista. La película se convirtió en el suceso cinematográfico del año: no solo ganó el Oscar, sino que era la cinta de la cual todos hablaban; todos querían ser como Rocky, correr por aquellas escaleras del Museo de arte de Filadelfia y por un momento creer que el sueño americano era posible.

Así, hasta el día de hoy “Rocky” es una cinta extraordinaria, vigente y esperanzadora. Es una película que a pesar de venir de Hollywood se siente muy humana, cercana. Rocky es un personaje que encarna de alguna forma los problemas y sueños que todos tenemos, y eso la hace grande.

Después vendrían cinco películas más de la saga, con resultados bien dispares, siendo tal vez la tercera y la quinta las más bajas, y “Rocky IV” un clásico, pero en otro sentido, muy distinto al de la original.

Hoy, casi 40 años después de la primera Rocky aparece “Creed”, película que viene siendo la séptima del personaje creado por Stallone y que, lejos de agotar la fórmula, la revive con más fuerza que nunca.

La historia es bastante simple, de hecho es muy similar a la de “Rocky”: Adonis Johnson es un chico problema que pasa de una casa de menores a otra. Un día, Mary Anne Creed lo adopta. La mujer lo hace pues es la viuda de Apollo Creed, excampeón mundial de boxeo y el padre biológico de Adonis. Pasan los años y el muchacho, ahora adulto, solo quiere pelear, seguir los pasos de su padre, sin embargo no cuenta con el apoyo de su madre y carga con el estigma de ser un Creed. Adonis decide entonces ir a Filadelfia y buscar a Rocky para que sea su entrenador. Después de mucha insistencia, el viejo campeón acepta y juntos emprenderán una travesía llena de emociones, que pasan desde la nostalgia a la rabia, de la alegría del triunfo a la frustración de la derrota… no solo en el ring.

La película está increíblemente bien filmada, y en este sentido destacan especialmente las peleas, que fueron registradas en planos secuencias, es decir, al menos los primeros combates de la película fueron filmados sin cortes, en una sola toma. Lo genial es que el ángulo y el movimiento de la cámara es inmejorable; el espectador sentirá que está junto a los boxeadores, encima del ring, sintiendo su respiración, la vibración de los puñetazos, absolutamente todo.

Sin embargo más allá del trabajo de cámara, lo mejor de “Creed” sin duda, es que es capaz de tomar todo lo bueno de la primera película y actualizarlo. Por ejemplo, hay una escena de Adonis corriendo con un polerón gris, similar a la de Rocky cuando sube las escaleras. La gracia es que se siente la misma emoción de antes, precisamente porque no es una copia; está el espíritu de la escena original pero hecha de una forma totalmente nueva, y así sucede con toda la película, es tan emocionante como la del año 76 pero es a la vez una película totalmente nueva.

Las actuaciones también son realmente notables, en especial la de Stallone quien vive todo el tránsito de ser un hombre retirado, no solo del deporte sino al parecer de la vida misma, a convertirse en una especie de padre para Adonis y recuperar con ello lo que parecía perdido. El muchacho por su parte (Michael B. Jordan), demuestra desde el primer plano en que aparece lo que significa ser un luchador, es un joven problemático pero que no quiere quedarse allí, que vivió penurias y que ahora debe enfrentarse con superar el legado de su padre. Para Adonis toda su vida es una pelea, y ahora debe demostrar que es mucho más que un apellido.

“Creed” es finalmente una película súper honesta, que hará emocionarse hasta los más duros, y que incluso puede ser vista por alguien que no haya visto las películas anteriores porque se sostiene por sí misma de principio a fin.

Por Juan Carlos Berner

En Twitter: @jcbernerl