El artista es una película de aquellas que la mitad del público ama y la otra mitad odia. Sin términos medios, como suele ocurrir con los filmes de Shyamalan, aunque por motivos diferentes.

Esto se debe a que la película es un gran homenaje al cine mudo, al Hollywood previo a “El cantante de jazz”, primera película sonora de la historia. Homenaje o plagio, según el espectador quiera verla. Porque claro, hay varias escenas que nos recordarán a Hitchcock, a Welles o incluso a Billy Wilder, y a algunos cinéfilos fanáticos estos les parecerá una vulgar copia. Copia o cita, plagio u homenaje, la eterna discusión. Yo me inclino claramente por la opción del homenaje, y a continuación les explico por qué “El artista” es una magnífica pieza cinematográfica que será recordada por años.

Primero porque sus tres protagonistas son entrañables, adorables. Y digo tres porque no sólo los personajes de George Valentin (Jean Dujardin) y Peppy Miler (Bérénice Bejo), desbordan la pantalla con sus actuaciones, que llevarán al espectador por un fantástico tránsito emocional, sino que es necesario agregar al pequeño perro de Valentin, que se roba gran parte del filme con su carisma (si se puede utilizar esta palabra en un animal) y gracia.

Por otra parte, “El artista”, película muda y en blanco y negro, es efectivamente un gran homenaje al cine de los primeros tiempos, aquel donde el diálogo no era técnicamente posible, pero donde tampoco era necesario. Recordemos la famosa definición que habla del cine en estado puro, porque el lenguaje del cine es básicamente acción, montaje, encuadre. A diferencia del teatro y la televisión que dependen de los diálogos, el cine es capaz (y ahí está gran parte de su esencia) de narrar historias a través de un lenguaje propio, donde a veces el texto hablado está demás, y “El artista” le recordará al espectador esta premisa básica, mágica, que convierte al cine en arte.

Porque dentro de esta misma lógica de imitar los códigos de las películas mudas, el director Michel Hazanavicius ocupa todos los elementos del cine de esa época, como los cierres de escena con un círculo negro, algunos intertítulos (textos para mostrar los diálogos), e incluso notarán que la imagen es más bien cuadrada, como los televisores análogos. Esto es porque el director decidió filmar en un formato de 1.33:1 o 4:3, y no como las películas actuales que son alargadas o widescreen (16:9). Así, se rememora el formato original que el cine ocupó hasta finales de los años 50. Una especie de invitación a las nuevas generaciones a visitar el cine de antaño.

Porque los personajes secundarios son interpretados por grandes actores, como John Goodman, James Cromwell e incluso el gran Malcom Mcdowell aparece en un pequeño cameo.

Finalmente, porque, y más que ninguno de los argumentos anteriores, “El artista” es una película que logra una extraordinaria empatía con el público, a través de la simpleza de sus personajes y de su historia, un filme que tiene ese elemento casi místico que tienen algunas películas, que son recordadas por generaciones como “Casablanca”, “Lo que el viento se llevó” o “El ciudadano Kane”. Una película que nos evoca, que la magia del cine está muchas veces en las cosas más simples, que las emociones se transmiten mejor sin palabras, con una simple mirada o con una sonrisa. Como en la vida misma.

© Por Juan Carlos Berner