Hay quienes piensan que comer por el sabor y no por alimentarse es lo que nos separa de los animales. Esas personas no tienen idea de lo que están diciendo. Pónganle un pescado y un plato de whiskas a un gato, a ver si ellos no consideran el sabor a la hora de comer. “Comme un chef” (2012) de Daniel Cohen es una comedia que viene a retratar eso de una manera bastante similar a como lo hizo “Ratatouille” (2007). Claro, los cocineros refinados son todos franceses, los sudacas nos llenamos con asados y chatarra ¿Cierto?… ¿Cierto? Pérense nomás, voy a hacer mi propia película de maestros sangucheros, van a ver nomás.

Jacky Bonnot (Michaël Youn) es un apasionado del arte culinario, pero con una novia embarazada debe renunciar a sus sueños para trabajar en algo que le permita llevar el pan a su casa. Aunque ni tanto, lo viven echando de todas sus pegas porque insiste en cocinar como si se tratase de un restaurant cinco estrellas. Pero como todo hombre enamorado (¿Han estado enamorados alguna vez?, es algo lindo y maravilloso, ¿ah? ¿no lo han estado?, entonces esta parte de la crítica no va a tener sentido para ustedes, lo siento por sus tristes vidas), Jackie deja a un lado sus aspiraciones y decide trabajar en lo que sea por su amor. Pero pronto conoce en persona a su ídolo, el chef Alexander Lagarde (Jean Reno), quien reconoce inmediatamente su talento y le ofrece trabajo al joven, quien acepta sin decírselo a su guapa esposa.

El personaje de Jacky es bastante similar al de Chefcito de “Ratatouille”: Entusiasta por la buena comida la que ve como un arte; incomprendido por quienes ven la comida funcionalmente, sólo como una forma de matar el hambre; y deseoso de compartir su talento con el mundo. Es como si el protagonista humano y roedor de la película de Pixar se hubiesen fusionado en uno solo. Sin embargo, acá el tono se encamina más por la comedia y las situaciones hilarantes.

Hay escenas memorables, como cuando filman un programa de cocina y se profundiza en la personalidad de Jacky como un fanático y obsesivo. El tono es absolutamente de comedia de situaciones gringa, y que la película cojee de originalidad, es perdonable, porque demuestra que se puede hacer una buena historia, bien contada, sin reinventar el género necesariamente. Muchos directores se suelen justificar con que “está todo ya hecho” o “ya es muy difícil ser original”, pero acá no es el caso. Simplemente Cohen desarrolla bien la idea y cuenta una historia simpática.

La película desarrolla bien bastantes lugares comunes: la relación maestro-alumno entre Alexander y Jacky, o la estructura narrativa en la que, cuando todo parece acabar, el protagonista tiene un chispazo de inspiración que salva la situación, lo cual es propio de la mayoría de las sitcom gringas, pero que acá no molesta en absoluto. Es más, está tan bien desarrollada, que hasta se disfruta. Incluso, el villano es el típico malo que busca hundir al chef para su propio beneficio y lo interpreta de la manera más digna, sin aspirar a mucho más o mucho menos, pues Julien Boisselier simplemente se dedica a hacer de villano.

Lo único que quizás me hizo algo de ruido fue la trama de la relación entre Alexander y su hija, a quien tiene descuidada por su adicción al trabajo. La verdad no aportaba mucho. Pese a esto, “El chef” tiene todo lo que una buena comedia livianita necesita: Un protagonista gracioso pero no estúpido, secundarios chistosos, situaciones hilarantes, un malo que uno sabe que será derrotado y un final feliz redondito. No espere más que eso.

La película, eso sí, da hambre, literalmente. ¿Pero saben qué es lo más irónico de todo? Irónico y también triste, es que una vez terminada la película saldrán con ganas de comerse una chuleta de ternera con salsa de vainilla y especias de romero, todo ello con puré de zapallo con albahaca, pero lo más probable es que terminen aplacando su hambre con un igualmente suculento churrasco italiano con un schop de medio. Como este servidor. Corta.

Por ©Felipe Tapia, uno de esos tantos críticos que te encuentras por ahí