El gran punto de comparación de Kramer es necesariamente el mismo Kramer. Ya sea porque no existe alguien en Chile que intente hacer lo mismo o simplemente porque el discurso construido apela a valerse de su mismo trabajo. La construcción de sus rutinas, su participación en televisión o incluso su película apelan a lo mismo. Por lo tanto, es su mismo trabajo el que busca generar una autovalidación que en esta entrega se trabaja a fondo. Lo que lo rodea es decoración y el sustento está en su personificación individual y cómo cada una de ellas nos logra hacer reír. Ahí, Camilo Escalona, Carlos Larraín e Iván Fuentes se vuelven personajes queribles y racionales que nos generan expectativas y viajes, permitiéndonos adentrarnos profundamente en una presentación entretenida y muy pero muy graciosa. Nos reímos al verlos moverse, sonreímos al verlos hablar y soltamos carcajadas al verlos interactuar.

Lo que se busca es eso. Hacer reír. A carcajadas. Que si estamos tomando bebida lleguemos a escupirla por la nariz. Que nos atragantemos con las palomitas y comentemos con el de al lado. “Stefan v/s Kramer” no cumplía esa función. Lógicamente las imitaciones eran graciosas, pero tal como una rutina repetida se sentía que faltaba el vivo, la necesidad y por sobre todo la precisión al tratar de construir humor. Porque humor no es simplemente algo gracioso. No es sólo un chiste. Es el momento justo, es la espera, es la empatía. Esta vez sí están presentes y, si bien, muchas veces se cae en las mismas lagunas que en la entrega anterior, existe un cuidado mayor. Aún así, desde algún lado no identificado, brota una negación por el guión y una idea básica de que el público se compra todo, llevando gags pobres, repetidos e inverosímiles enmascarados con una imitación de primer nivel con la que salvan momentos que nunca debieron existir y que están coronados por actuaciones lamentables que nos hacen sentirnos pasados a llevar e incluso ilusos. Como si porque Kramer es gracioso aguantaremos cualquier cosa. El humor no es así y menos el cine. Esta premisa que fue una constante en el visionado de “Stefan vs Kramer” es perdonada (pero no olvidada) en gran parte de esta nueva película simplemente porque esta vez sí nos reímos.

La producción se agradece. Los efectos especiales, el cuidado en la post-producción y, por sobre todo, la dirección de arte son áreas de sumo cuidado y que se sienten trabajadas y depuradas. Y si la urgencia es una vara de comparación, la diferencia existente con “El Derechazo” es abismal. Aquí funciona, allá no. La presión de estrenar la película a fin de año y la urgencia de validarse frente a un contexto existen, y es un logro superarla. Más aún llegar con un producto válido y que se sostenga en sí mismo.

Ahora, bajo la lógica que industrialmente se ha planteado, no tanto por el mismo Kramer ni por la Fox sino que por la máquina mediática que los ha rodeado, es decir: matinales, vida social, famosos, farándula; la gente anexa que más que aportar a la difusión del producto han tratado de vender una imagen que no responde a la obra y que termina por hacerle un flaco favor. Frente a esto no podemos hacernos los ciegos. “Ciudadano Kramer” funciona en un contexto y bajo el alero del talento extraordinario de Stefan Kramer. Cuando él decae, cuando se vuelve repetitivo, cuando sentimos que esto ya lo vimos, todo el producto se cae con él. Y eso ocurre. Pero no por él. Tampoco porque se repiten personajes. Sino por todo esto externo que lo contamina. Por esta idea de ‘vaya a verla porque es Kramer’, de ‘vaya a verla porque es cine chileno’.

Por promocionarla como yoghurt porque con ella todos ganamos, al punto de desconocer que en la sala de al lado también hay una película, también hay una chilena, y que, probablemente, es (COMO PELÍCULA, SÓLO COMO PELÍCULA) mucho mejor. Los cameos de los famosos tratando de hacerse los graciosos denostan la mejor de las imitaciones, y la pobreza en sus actuaciones sobredramatizan momentos a los que nunca se les debió haber dado esa preponderancia. Lo frustrante es que el error es repetitivo. Lo molesto de ‘Carolina Tomá’ tratando de hacerse la irreverente en “El Derechazo” no es peor que los cameos de farandulandia en los teléfonos tratando de hacerse los graciosos y, lo que es peor aún, tratando de hacerse los actores. Como si la lógica de “El Limpiapiscinas” en la que Martín Cárcamo es actor no hubiese sido suficiente. Del mismo modo, los momentos de redención del personaje y esa búsqueda de la lógica norteamericana en la que todo concluye en una gran epifanía, que ya fueron frustrantes en la primera entrega, hoy se repiten.

Al menos allá arriba saben que cuando Paris Hilton actúa deben enviarla rápidamente de vuelta. El tema tampoco está en ‘la historia’ o en esta idea de que con ‘la historia’ (que ni siquiera les importa si es buena o mala) se justifica cualquier cosa. Perfecta o burda, da lo mismo. No se trata de ‘una historia’ que guíe las imitaciones. Se trata de hacer una película. O al menos contar una BUENA “historia”.

Y al final se nota. Y se nota aún más cuando vemos que “El profesor chiflado” con Eddie Murphy sí cuenta una buena historia, o que “Niñera a prueba de balas” con Vin Diesel sí cuenta una nueva historia. “El ciudadano Kramer” no lo hace y no hay por qué pretender que lo haga. Porque no busca eso. Pareciese ser que Kramer lo entiende, que la Fox lo entiende pero que quienes están alrededor definitivamente no lo entendieron en la primera y menos lo hacen ahora.

©Por Ignacio Hache

@Ignacio_Hache