Iván Drago (sí, el mismo nombre del ruso de “Rocky IV”) es un chico de unos 10 años, poseedor de un extraordinaria inteligencia. A pesar de la oposición de su padre, a quien le gustaría que el niño fuese deportista, Iván pasa gran parte de su tiempo en su habitación inventando juegos de salón y, gracias a su gran talento, gana una competencia internacional de inventores de juegos. Debido a esto, su resignado padre decide que es tiempo de que el niño conozca a su abuelo, quien es el mejor inventor de juegos de la historia. Lo que Iván y sus padres no saben, es que el dueño de la más grande fábrica de juegos del mundo, Morodian, tratará de cambiar el destino de esta familia.

Para analizar esta película con justicia, es necesario explicar en primer lugar que se trata de una co-producción argentino-hollywoodense, por lo cual hay varios aspectos que son concebidos a partir de esta inusual mezcla de conceptos comerciales, culturales y cinematográficos. Casi todo el equipo técnico y artístico detrás de las cámaras es argentino, mientras que los actores son anglosajones. La historia se sitúa en una ciudad que podría estar ubicada en cualquier lugar del mundo y en una época que tampoco queda muy clara, aunque podríamos deducir que es en el siglo 20.

Esa indefinición es la gran tónica de la cinta, una de las más extrañas que he visto en el último tiempo. Si bien la historia es bastante clara, hay una serie de personajes que entran y salen sin mayor explicación, así como también transcurre una gran cantidad de situaciones inconexas entre sí. El resultado es una película pensada para niños, pero carente de cualquier tipo de emocionalidad. En “El inventor de juegos” no hay escenas alegres ni tristes lo que hace complejo el poder empatizar con ella.

El villano de turno es Morodian, interpretado por Joseph Fiennes, un personaje cuya ambigüedad supera su maldad. Es una especie de Willy Wonka menos loco, pero más obsesivo, un malvado que no provoca miedo ni tampoco risa, lo que podría haber sido una opción interesante. En una cinta como ésta, sin un villano realmente poderoso, se pierde gran parte del interés.

La suma de todos estos factores hace que, finalmente, nos encontremos frente a un filme sin identidad propia. Por ejemplo, en “Star Wars” uno sabe que está en una lejana galaxia y la cinta va definiendo claramente como es ésta, cuáles son sus reglas; o en “Harry Potter”, el espectador se sitúa en un mundo mágico, paralelo a la Inglaterra contemporánea, donde es posible situarse sin dificultad debido a la incorporación de elementos conocidos, como las escobas voladoras o la escuela de magia. En “El inventor de juegos” es difícil saber donde transitan sus protagonistas, ya que no hay nociones de espacio, de tiempo, ni tampoco culturales.

La sensación que se produce al ver la cinta es similar a la que uno tenía al ver un capítulo de “La dimensión desconocida”, es decir, una historia que transcurre en un lugar extraño, en una época extraña, con personajes igualmente extraños y donde al final la mitad de las cosas que se vieron quedan sin mayor explicación.

Lo más destacable de la película es una original dirección de arte y algunos personajes que provocan ternura, como Anunciación, la única amiga de Iván, o el falso Iván Drago, un actor que interpreta al original y que a todas luces es el personaje con más personalidad de la cinta. También es rescatable que en una época de videojuegos y aplicaciones de celulares haya una cinta que rescate el antiguo arte de los juegos de salón. Algo que sin duda sacará una sonrisa en los más nostálgicos.

Sin embargo, estos detalles no alcanzan para levantar una historia que prometía ser una respuesta latina a cintas como “La invención de Hugo Cabret” (2011) o “Charlie y la fábrica de chocolates” (2005). Nos quedamos, entonces, con las buenas intenciones.

© Juan Carlos Berner