¿Sabes lo que da más miedo de ellos? No necesitan electricidad, luz, calor, nada. Esa es su ventaja, eso los hace más fuertes”. Esta frase dicha por uno de los personajes de la película, refleja el miedo y logra resumir la sensación que tienen los humanos hacia sus cohabitantes simios. Han pasado diez años desde los acontecimientos vistos en “El planeta de los simios: (R)Evolución” (2011) y una plaga llamada “gripe de los simios” (simian flu) prácticamente ha extinguido a la raza humana del planeta. Los monos viven en comunidad y sociedad muy bien conformada, poseen viviendas en altura de más de un piso, viven de la caza de animales y peces, utilizan el fuego, se movilizan en caballos y poseen una jerarquía rígida y respetada por todos los miembros de la comunidad.

Los simios logran demostrar claramente sus emociones. Viven en lo que ellos mismos denominan una familia. Este filme se acerca mucho a las películas sobre evolución que hemos visto a lo largo de los años, esas en donde el mono primero se organiza, vive en comunidad, descubre el fuego, se alimenta de la caza de animales y evoluciona al Homo Sapiens, sólo que en esta ocasión no se produce ni ocurrirá jamás esta última transformación. El mono está lejos de vestirse de seda y mono se queda. Y orgulloso.

En contraste, los sobrevivientes a la “gripe de los simios” viven en un amplio y majestuoso edificio clásico de la ciudad pero que claramente les queda estrecho. Están débilmente organizados y viven con el latente miedo de ser infectados con la mortal epidemia. Ver a los humanos hacinados y en caos obedece a las ganas del director Matt Reeves (“Cloverfield”, 2008) de crear el efecto inverso al que nosotros conocemos de cómo viven algunos monos y animales en general: espacios reducidos, jaulas, minimizados como seres aislados aunque estén ocupando un mismo espacio común. Queda de manifiesto que el mundo cambió, son los monos la raza dominante y el hombre el inferior, o al menos eso es lo que se infiere nada más comenzando el filme. Lo que más complejiza la situación de los humanos, es que las reservas de energía eléctrica se están agotando, y si eso llega a ocurrir entonces desaparecería todo lo que hasta ese momento fue conocido como “vida” y deberán recomenzar de cero, como en la época de las cavernas… o como viven los monos, si me permite la analogía. La única manera posible que tienen para lograr tener electricidad de forma constante consiste en cruzar el puente al otro lado de la ciudad (demarcada como zona de cuarentena) y tratar de hacer funcionar una antigua planta de electricidad abandonada y en desuso que existe al costado de una represa. Es en este momento en donde se cruzan las especies. Ahora bien, este cruce podría haber pasado prácticamente como una anécdota sin que saliera nadie herido, pero no, como buen sello hollywoodense no falta el idiota sin cerebro que “mete la pata” en extremo, y esta vez no es la excepción: uno de los monos termina mal. Sin embargo, el bueno de Malcolm (Jason Clarke) logra convencer a César (Andy Serkis) para que lo ayude en esta titánica tarea de reactivar la planta eléctrica en desuso, incluso ocupando mano de obra simia para tal propósito, pero así y todo los problemas no tardan en llegar.

César sigue siendo el líder de la “familia” y tiene a los más fieles servidores a su lado, los mismos que vimos en la película anterior. Está casado y tiene un hijo “adolescente”. Impresiona ver en la comunidad como las rocas que sirven de murallas para sus casas están escritas con lenguaje humano ya que a los monos desde pequeños se les enseña a hablar. Quizás esta es la única similitud y nexo que existe entre el mono y el ser humano, característica que está dada sólo porque al mismo César se le enseñó el lenguaje del hombre desde pequeño. El recurso funciona, ya que logra intimidar al mismísimo humano en más de un pasaje de la película.

La cuarta película de Reeves desde un comienzo nos muestra una historia muy bien contada y ordenada. Jason Clarke es acompañado por Keri Russell (“Felicity”) como Ellie y Kodi Smit-McPhee (“Déjame entrar”, 2010) como Alexander, donde juntos tratarán de hacer funcionar la planta eléctrica y tendrán más que un acercamiento con los simios. Gary Oldman (Dreyfus) tiene un papel que raya en el “Comisionado Gordon” de las “Batman” de Christopher Nolan, un poquito más dramático y menos protagónico.

La película contiene una energía que se va liberando conforme avanza hacia su desenlace. Plagada de increíbles efectos visuales (todos los monos son FX), es dinámica y sin baches, lo que permite destacar a los personajes que sustentan la historia, aunque la pantalla esté repleta de simios y humanos.

A los simios los vemos cazar, organizarse, hablar. Cada situación en la que participan está llena de fantasía, asombro y emoción para el espectador. Reeves logra con maestría dibujar, resaltar y quebrar muchos valores y características propias de los humanos y de los monos: siempre está presente el miedo y el terror, pero lo que más se atraganta es la transgresión a la lealtad, la pérdida de la confianza.

Me quedo con la grata sensación de haber visto una película que te queda dando vueltas en la cabeza en los días siguientes y se siente bien, se agradece. Gracias César.

©Daniel Bernal

En Twitter: @BernalusTwit

Dirección: Matt Reeves

Elenco: Jason Clarke, Gary Oldman, Keri Russell, Andy Serkis, Toby Kebbell, Kodi Smit-McPhee

Estados Unidos, 130 minutos