Hay películas que son difíciles de analizar, porque son demasiados grandes, demasiado perfectas. Tanto, que finalmente provocan algo de distancia en el público, porque los humanos no somos perfectos y nos cuesta aceptar que algo lo sea. Y eso es exactamente lo que pasa con “El renacido”.

La historia es bastante simple: Glass (Leonardo DiCaprio) es parte de una expedición a mediados del 1800 en Estados Unidos, que está en búsqueda de pieles para venderlas. En un momento Glass se separa del grupo y es atacado por un oso (en una de las mejores escenas que se han visto en el cine), quedando gravemente herido. Al cuidado de Glass quedará John Fitzgerald (Tom Hardy), quien al poco tiempo lo dará por muerto y lo dejará abandonado, además de hacer un par de cosas más que no les puedo adelantar. De esta forma, Glass hará lo humanamente imposible por sobrevivir y buscará venganza.

La cinta es desde el punto de vista técnico  y artístico maravillosa, en especial la fotografía del gran Emmanuel Lubezki (quien ya ha ganado dos Oscar en la categoría), que es de las mejores que se hayan visto en la historia; cada plano es una obra de arte, además de ser bastante arriesgada en su concepción. En varias de las tomas la cámara se ensucia con barro, con nieve, o con el vapor que sale de la boca de los protagonistas, e incluso eso se ve bien. Vale recordar que la película fue rodada en condiciones extremas, muchas veces con temperaturas bajo cero e intensas nevazones. Mérito extra para los artistas y técnicos que trabajaron en ella.

Ahora, lo más comentado sin duda, y que todos quieren ver, es la interpretación de Leonardo DiCaprio, y sí, es sencillamente extraordinaria, aunque es bastante diferente a la de anteriores performances del rubio actor. Debido a la soledad de los parajes y a las heridas que tiene, este renacido es un hombre que habla poco, y que debe sostener el peso de la película básicamente con sus gestos y posturas. Es una actuación muy física, pero absolutamente creíble y angustiante. Esto hace casi seguro que esta vez Leo se lleve la preciada estatuilla dorada que le ha sido esquiva tantas veces. Y si no, les aseguro que Di Caprio seguirá haciendo interpretaciones brillantes, pues es sin duda uno de los mejores actores del mundo y la Academia ha demostrado ser injusta con muchos de sus miembros.

Y así como se habla de DiCaprio, también hay que hacerlo de Tom Hardy. Este actor que hace pocos años era un desconocido para la mayoría, hoy solo escoge estar en buenas películas y realizar grandes papeles. Sin ir más lejos este año participa en las dos películas favoritas para El Oscar: “El renacido” y “Mad Max”. En la que ahora nos convoca, Hardy está absolutamente a la altura y se nos presenta como un villano muy humano. No es un antagonista de caricatura, sino un tipo rudo pero pragmático, un personaje totalmente consecuente con lo que debió haber sido la dura vida en aquella época en esos lugares.

Ambos actores protagonizarán un duelo digno del mejor de los westerns, donde el mexicano Alejandro González Iñárritu demuestra nuevamente por qué es uno de los directores más cotizados hoy en Hollywood.

Toda la maravilla recién relatada se queda corta para describir el filme pero, como indiqué al inicio, es justamente la perfección de la película lo que provoca lejanía. Es como cuando se come algo delicioso hasta quedar harto y luego se come un poco más, quedando con una ligera sensación de hastío. Esto se produce básicamente por la duración de la película, más de dos horas y media, en la cual los magníficos paisajes y el interminable sufrimiento de Glass terminan por hostigar un poco, e incluso en algún momento la película arriesga volverse inverosímil.

Finalmente, lo que queda es una película extraña, de la cual es imposible desconocer sus tremendas virtudes, pero que no es de aquellas cintas que uno ve una y otra vez, porque se hace pesada, más aún para un público masivo.

Por Juan Carlos Berner

En Twitter: @jcbernerl