Spider-Man: un cómic al ritmo de Skrillex.

Peter Parker, tras la muerte del padre de Gwen, promete no involucrar a su enamorada en la misión que el destino le ha entregado. El peligro es muy alto y las consecuencias también, por lo que el joven decidirá alejarse y comenzar a desarrollar su carrera heroica desde el anonimato y la soledad.

“El sorprendente Hombre Araña 2” es la continuación de una versión del cómic que si bien sitúa al héroe como un joven en proceso de madurez, sí le atribuye una clara identificación. Quién es y dónde están sus raíces. El personaje protagonizado por Andrew Garfield se mueve a través de un espacio físico en constante movimiento pero que mantiene siempre un propósito claro.

El nuevo episodio del Hombre Araña mantiene los códigos que dibujó en la primera entrega, agudizando su ritmo y apropiándose de características propias de una forma de retrato, esta vez sin intentar establecer parámetros ni defender ideas frente a nadie. La lógica es propia a la película y explicita una libertad que en la primera película, por momentos, se veía contenida, quizás presa de una necesidad de auto-validarse frente a una audiencia que no necesariamente se veía identificada con el cómo-sienten-estos-personajes. Aquí no hay que esclarecer, ni situar ni contextualizar nada ni a nadie, esta vez se da rienda suelta a las decisiones propias y se dibuja un universo identificable y, lo más destacable, verosímil. No importan los fans acérrimos, ni menos las lógicas del género, simplemente las visiones viscerales de una audiencia en construcción y que la película se preocupa de mantener al borde de su asiento.

Si la saga protagonizada por Tobey Maguire destacaba por la construcción de sus personajes y por la generación de arcos dramáticos, esta destaca por la coherencia interna de su propuesta. Aquello que en la primera película parecía exagerado, hoy se siente natural y propio, sin establecer de por sí un cambio en el paradigma, sino más bien integrando cada arista como un código determinado. En definitiva, estableciéndose como una obra en sí misma. La construcción de personajes ya no parece inverosímil, en parte porque ya los conocemos, pero además porque se entiende que cada personaje se trabaja desde ese punto de vista. La utilización del arquetipo se explota al punto de identificar cada personaje con un valor, sentimiento o emoción: Gwen es la inteligencia, la tía es la verdad, Peter la valentía. Y de ahí no se mueven. Crecen, cambian, pierden, ganan, pero su esencia se mantiene. Como canciones de Blink 182 o mezclas del dubstep de Skrilexx. Patrones estéticos que permanecen y que suben o bajan desde el estómago y no desde una planificación. Propio, además, del público al que apuntan. Así, el 3D, la musicalización y sobretodo la elección de planos son efecto y causa de sentimientos. De llantos desgarradores o de soledad desesperada. De risa desatada o de oscuridad inmensa. Sin importar la causa ni la lógica. No existe la sobre-dramatización si hay algo que lo gatille. Tampoco el tono ni la sutileza, porque hay una emoción detrás.

Si algo se puede escribir de este Spider-Man es, más que una valoración específica, la pretensión de un sentido. Como Batman se comprende desde el culto y la mistificación, Spider-Man responde al desenfreno por la verdad, a la frustración de la injusticia y a la valentía de amar y sufrir amando. Un héroe adolescente y en búsqueda constante. Un personaje que pierde, vuelve a perder y que de vez en cuando se contenta con un resquicio de esperanza. Un héroe sentimental, volátil y con períodos de depresión. Un héroe menos héroe y más emocional. Un héroe definitivamente más humano.

©Ignacio Hache

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