Más allá de lo que relata la historia tras el homicidio en 1991, de la piedra basal o ideólogo de la Constitución chilena de 1980, Jaime Guzmán Errázuriz, a las afueras del Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica, esta ficción –configurada por el sobrino del senador, Ignacio Santa Cruz junto con Mateo Iribarren en la dirección– se torna una ruta con salidas más que singulares si se hace referencia a los filmes locales de los últimos años.

“El Tío” no es lo que muchos creían. No es mayoritariamente una confrontación de ideas partidistas. Por el contrario, es esa confrontación, ese choque con un ‘yo’ bastante personal que de tanto escabullir lleva a un nivel de perdición. Y no sabemos quién se pierde más, si ese sobrino obsesionado o ese tío encarcelado entre la filosofía, los términos morales su –sexualidad por sobre todo–, la religión y su familia. Desde un comienzo esta pieza arremete desde un barroquismo más que homoerótico y de tensión exacerbada. La primera alerta para saber que la ruta trazada no es tan fácil de transitar, puesto que se torna más un laberinto que un sendero despejado, principalmente por todas las capas que se encuentran al deconstruir el filme.

La urgente necesidad de Ignacio, el sobrino de Jaime Guzmán, para llevar a las tablas aspectos de la vida y pensamiento de su tío, lo llevan hasta la puerta del actor y guionista Mateo Iribarren para paulatinamente ensamblar las piezas, conseguir los actores y llevar a cabo una misión que prácticamente lo tiene obsesionado. Obsesionado porque también el sobrino quiere encarnar a imagen y semejanza el protagónico. Una propuesta y/o choque que produce conflictos iniciales pertinentes y que toman lineamientos de interés durante la construcción misma de la propia figura de Guzmán, pese a lo afiebrado de la urgencia de Ignacio –sumándole sus conflictos íntimos– y la perdición violenta y viciosa de Iribarren. Incluso la primera actitud de varios de los actores convocados inyecta su dosis de resistencia, particularmente a la hora de configurar el perfil de Guzmán, instancia en que se moldea esa ‘visualidad’ desde esos distintos hemisferios personales.

 La entrega se sostiene en dos líneas de narración que lo llevan a aglutinarse en el documental-ficción –en que se atiende el rol torturador de Manuel Contreras (Aníbal Reyna)–. No obstante, es aquí en que se encuentran ciertos desajustes: el episodio de la mujer torturada (Andrea Freund), aunque por sí es impactante el nivel de violencia, no logra estar bien amalgamada, extraviándose. Eso sí, el encuentro entre La Muerte (César Caillet) y Guzmán, y el diálogo sobre la trascendencia del hombre cobran un sentido singular –poco común en un filme local–, a pesar de una yuxtaposición visual escasamente atractiva de los personajes sobre la obra “El Triunfo de la Muerte”, de Brueghel –el Viejo–.

“El Tío” es controversial, sarcástica, atípica, –basta recordar el episodio en que El Mercurio y la Fundación que lleva el nombre del asesinado senador, acusaron de infamia este resultado fílmico asistiéndola involuntariamente en promoverla– aunque de un discurso que se aparta de lo que con antelación pudieron haber vociferado ciertos medios especializados. Y aquí ese sobrino no cuenta con pretextos para alejarse de esa figura familiar nunca olvidada colectivamente; por el contrario, fundirse es la única vía para conocer e intentar escribir un poco más de ese mundo interior. Así y todo, la paradoja tuvo y tiene nombre: Jaime Guzmán Errázuriz.

©  Leyla Manzur H.