Moisés es una de las figuras más trascendentes de la historia sin duda, aunque en este caso es complejo utilizar la palabra histórico, puesto que salvo por los textos religiosos no existe clara evidencia de que haya existido. A pesar de esto Moisés es uno de los pilares fundamentales para quienes profesan la religión cristiana, la musulmana y la judía, es decir, para la gran mayoría de la población del planeta.

Más allá de esta discusión teológica sobre la existencia de Moisés, que no viene al caso, llevar a la pantalla su historia es un desafío complejo, porque involucra aspectos religiosos, históricos, sociales, y en términos fílmicos requiere de una enorme producción y de un guión muy bien hecho. Esto solo para comenzar.

El hombre detrás de la cámara es Ridley Scott, un realizador con mucha experiencia en películas de época. Desde la premiada “Gladiador” hasta su fallida “Cruzada”, el director inglés sabe al menos lograr una ambientación maravillosa (recordemos que es un reconocido director publicitario) y sumar a su equipo técnico y artístico a grandes actores entre los cuales se cuenta esta vez a Ben Kingsley, Sigourney Weaver, el no tan conocido pero talentoso Joel Edgerton y por supuesto a Christian Bale en el rol principal.

En “Éxodo, dioses y reyes”, Scott desarrolla una versión libre de los hechos narrados en La Biblia, algo similar a lo que hiciera Aronofsky con “Noé”, agregando muchos elementos que no están en la historia original. En esta película, Moisés se nos presenta como un hombre bastante escéptico al inicio, un general hábil y firme, pero a la vez amable y justo. En la historia bíblica, Moisés huye de Egipto porque asesina a un hombre que estaba castigando a un esclavo israelita. En la cinta en cambio, el faraón descubre que Moisés no es egipcio sino que hijo de una israelita y por eso es exiliado. En su travesía, nuestro protagonista conoce el amor y forma una familia. Luego, Moisés sube al monte donde, según el relato bíblico se encuentra con Dios quien le habla a través de la zarza ardiente. Aquí en cambio, un alud provoca que Moisés se golpee en la cabeza y cuando despierta, se encuentra con un niño, quien se le presenta como Dios. De esta forma, Scott deja al espectador la decisión de si efectivamente el protagonista se encontró con Dios o simplemente tuvo una alucinación.

Siendo una película una interpretación artística de un hecho o un relato, no hay ningún inconveniente con que Scott no quiera contar la historia tal cual como dice el texto sagrado. Si usted quiere conocer la historia del Éxodo mejor vaya a la fuente original y no busque la verdad en una película, porque no es el fin de las películas contar la verdad. El problema es que aquí se echa de menos una opción más arriesgada con respecto a si Moisés era un mensajero de Dios o simplemente un loco. Al parecer Scott no quiere quedar mal con nadie y deja en el público la decisión de si Dios habla con Moisés o simplemente este alucina. Lo más complejo de esto es que al inicio del filme se nos presenta a un hombre seguro de sí mismo, un líder por donde se le mire, mientras que luego de su encuentro con Dios vemos a una persona errática, siempre dudosa, con la que cuesta identificarse. No es un héroe que haga cosas sino que solo espera a que Dios haga las cosas por él.

Así, el atractivo de Moisés al inicio se va diluyendo conforme avanza el metraje y quien asume el rol más importante es Joel Edgerton, el faraón Ramsés que quiere evitar a toda costa que Moisés se lleve a sus esclavos. Con este personaje nuevamente se juega con la ambigüedad de su moral; no es un hombre bondadoso ni mucho menos, pero tampoco es difícil entender porque toma muchas de sus decisiones, tanto si lo vemos en un contexto histórico como siguiendo la lógica del guión. Mal que mal es un rey al que se le enseñó desde niño que era una divinidad.

Con esto, tenemos a dos protagonistas tibios, que no entusiasman a pesar de sus buenas actuaciones. Incluso en la extraña versión de Aronofsky sobre Noé se nota una opción por la personalidad del personaje, Noé es un hombre que tiene las cosas claras, mientras que el Moisés de Christian Bale es más bien errático; cuesta creer que medio millón de personas siguiera a un hombre como este.

“Éxodo, dioses y reyes” es una clara demostración que los más impresionantes efectos especiales y un elenco de grandes actores no es suficiente para levantar una historia que se siente sin corazón, que no se arriesga, cuyo planteamiento le deja toda el poder de decisión al espectador.

Con todo, tenemos una película con buenos momentos, algunas escenas bien logradas y tremendos efectos visuales, pero que se cae en la construcción de personajes potentes y que logren empatía con el público.

© Juan Carlos Berner

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