Lo mejor del año: “La Cacería” de Thomas Vinterberg.

Dicen que varios grandes directores han ido pausando sus relatos a medida que avanzan sus carreras. Esa idea de sabiduría y temple trasunta su cine. Las escenas no sólo se resuelven de manera más cuidada sino que la cámara, el sonido, el montaje comienzan a dejar mayor espacio para que el espectador decida, se emocione o cuestione. No hay tanta inducción o necesidad de controlar todo. Es decir ‘así es la vida y yo pienso esto’, pero dejando espacio para preguntar ‘qué piensas tú’. Con esta película Vinterberg deja una huella que además de consagrarlo como uno de los grandes directores contemporáneos logra posicionarlo como un artista sutil e inteligente que entrega la versión más depurada de su cine.

El discurso de Bresson fue calmándose mientras veía que la mejor manera de dar a entender su visión del mundo era dejando tiempo para que el espectador la recibiera. Ozu fue más radical y en “El sabor del sake” prácticamente no mueve la cámara, estableciendo además una visión de mundo que venía a concluir perfectamente su catálogo. Y en este caso particular, “Jagten” es una demostración de cuidado, de control pero por sobretodo de inteligencia. Vinterberg está un paso más adelante de nuestras reacciones y al entender perfectamente dónde vamos es capaz de girarnos el camino. La tranquilidad con la que nos dejamos llevar es producto de una mano firme que sabe cuándo mover la cámara, cuando jugar con el sonido y en qué momento cortar.

El manejo de la puesta en escena, y haciendo hincapié en lo que llega a nuestras salas, sólo es comparado con Haneke que en enero nos entregó “Amour”, uno de los títulos más importantes del último tiempo. “La Cacería” es el segundo, y Thomas Vinterberg se posiciona como un director astuto y coherente pero que se diferencia de Haneke por su humanidad y preocupación de su obra. Si el austriaco maneja nuestro destino y monta en función de los elementos narrativos, el sueco alcanza un nivel de compromiso superior con sus espectadores al permitirles digerir cada paso sin quitarles la emoción de la garganta.

El cuestionamiento lógico sobre la humanidad y su naturaleza (propias del cine contemporáneo y específicamente de la generación Dogma a la que Vinterberg pertenece y cuyo más reconocido director es Lars Von Trier), proporcionan una sorprendente contradicción en la que denota su humanidad y sensibilidad. Una sutileza reposada y madura donde se espera cuando los humanos involucrados (tanto en la película como fuera de ella) lo necesitan, sin apurar las emociones ni cortar momentos sólo por cuestionar con nuestra voluntad. La manipulación una historia en la que un profesor es acusado injustamente de abuso a sus alumnos es una constante amenaza que Vinterberg logra superar mostrándonos no sólo su sensibilidad y amor por los personajes sino que humanizando su posición en un relato que apunta directamente al quiénes somos y al de qué somos capaces.

La independencia de un venado en el bosque es la mejor trampa a los ojos de un club de tiro. Al estar en la mira cada movimiento implica una reacción ajena, incontrolable y verdaderamente autónoma. La desesperación, la pérdida de control, la incontinencia son sólo síntomas. Y si el darse cuenta es señal de que ya es muy tarde, lo más distintivo de la depredación es que los síntomas sólo afectan al cazador, porque quien es presa nunca realmente tuvo el control de nada. Esta es la metáfora dibujada y donde su desenlace es una muestra más de la falta de libertad en un mundo que premedita nuestros pasos.

La calma que la ciudad mantiene rodea a un  protagonista conmocionado que si bien se posiciona como el centro de atención, su libertad pasa a segundo plano tal y como Vintenberg posiciona la cámara cuestionando su humanidad. La necesidad de credibilidad de un hombre en tela de juicio alcanza niveles insospechados incluyendo la participación del espectador. Somos parte de lo que vemos y aunque no lo queramos también jueces.

“La Cacería” es un relato ágil guiado por las sensaciones del personaje interpretado magistralmente por Mads Mikkelsen que no acelera en vano ni gira obsesivamente por pirotecnia. Cada parada es necesaria y responde a las emociones, permitiendo al espectador adentrarse en la película y recibir más que narrativa. La experiencia estética como tal es producto de una consecuencia de cada paso, entregando una obra lógica y consistente de la que brota belleza.

©Por Ignacio Hache

@Ignacio_Hache