Crítica de cine: “La entrega”. Los bares también tienen carácter

Si una cosa hacen condenadamente bien muchas películas es mitificar los objetos y conceptos cotidianos. Los cigarros, los autos, las armas, las nacionalidades y, por sobre todo, los bares. En ellos, puedes conocer a gente sumamente interesante, involucrarte en cosa de minutos con gente muy peligrosa, conocer a una mujer lindísima que te hablará a los dos segundos o encontrar la oportunidad de tu vida. Camaradería, romance, suspenso y novedad son parte de la atmósfera que rodea a los bares del cine, a través de una imagen mítica que no se parece nada a la realidad de los bares que yo frecuento. Creo que lo más interesante que me ha pasado es que me echen por jugoso o se demoren mucho en entregarme la cuenta. Nada de peleas carismáticas ni bombones en trajes ceñidos. Si algunos bares como el de “Coyote Ugly” (2000) o el de “Cocktail” (1988) con Tom Cruise explotan facetas más relacionadas al desenfreno o al relajo, esta cinta de Michaël R. Roskam desarrolla el concepto de bar como un lugar en el que tienen lugar oscuras transacciones y actos fuera de la ley.

“The Drop” o como fue traducida “La entrega”, en alusión a los dineros que dejan los dealers o delincuentes con variopintos propósitos, está basada en un cuento de Dennis Lehane (autor de “Río místico”), y al verla será inevitable evocar varias películas del género: “Una historia violenta” de Cronenberg (2005), por mostrarnos a un protagonista que se mezcló con gentuza en el pasado y que ahora debe volver a las andadas; “Drive” (2011), al retratar un héroe anónimo que pelea no por reconocimiento, sino por proteger a quien aún no está contaminado por la cochambre moral de este mundo; y otras más, aunque logra construirse un sello distintivo que la salvan de ser un refrito.

Esta “entrega” de Roskam (¡Jajaja! Perdón, tenía que hacer ese juego de palabras o de lo contrario iba a morir) es una de esas películas en la que los espacios son tan importantes y carismáticos como los personajes. Acá, los bares son descritos como lugares de reunión social, donde una sin-techo puede encontrar albergue, donde los criminales pueden manejar dinero que en un banco jamás podrían sin levantar sospechas, paraísos morales, fiscales y sociales en donde las reglas de este mundo no desaparecen, pero sí funcionan con más flexibilidad que al otro lado de la puerta. Como su lugar de trabajo, Bob Saginowski (Tom Hardy) ha sabido adaptarse muy bien a este mundo: Se gana la vida honradamente sirviendo tragos, aunque debe atender esporádicamente los asuntos de mafiosos chechenos y de todo tipo, intentando mantenerse al margen de todo, sin ensuciarse las manos. Paralelamente y para que nos quede claro que no es un mal tipo en absoluto, por azares del destino adopta un perro que ha sido golpeado y abandonado, con la ayuda de Nadia (Noomi Rapace).

Mientras Bob intenta apartarse de los problemas, su primo Marv, que da nombre al bar aunque lo perdió hace tiempo, está metido hasta el cuello en la mierda, trata con tipos peligrosos con el objetivo de recuperar su dinero y su orgullo de ex chico malo. Como en la mayoría de estas películas, todos los acontecimientos narrativos terminarán cruzándose y Bob, asumiendo el rol del típico héroe o antihéroe americano, solo contra el mundo y sin romperse una uña, deberá lidiar con todos los problemas suscitados recogiendo todos los guantes tendidos por su problemático primo, interpretado por James Gandolfini.

“The Drop” es una película completamente disfrutable, con algunos puntos predecibles, pero no para volverla aburrida. La imagen del bar, como dije antes, alcanza a ser lo suficientemente carismática para ser interesante, aunque no tanto como el Bar de Moe o el Bar El Tufo (¡Carajo, esos sí son bares a los que me gustaría ir!). El espectador fanático no podrá evitar evocar películas similares y quizás encuentre las actuaciones, en algunos casos, caricaturescas (sobre todo los chicos malos) y en otras lecturas dramatizadas de un libro. Sin embargo, estas pequeñas fallas no alcanzan a empañar el producto original, y si bien no es “Río Místico” (Clint Eastwood, 2003) posee suficientes elementos para ir a verla. Sobre todo, porque es la última oportunidad que tenemos de ver a James Gandolfini (vivo, al menos).

Por © Felipe Tapia, procesado y condenado por el delito de ser irresistible.

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