No es fácil resumir en pocas líneas la trama de “La gran belleza”. No es una historia típica, no hay un bueno ni hay un malo. Sus personajes no son heroicos y, aunque tampoco son malvados, tienen gran facilidad para auto flagelarse. El protagonista, más que buscar cumplir un objetivo (aunque sí lo tiene), es un observador que nos va mostrando una ciudad llena de contrastes, de gente rica e influyente, pero a la vez profundamente vacía y decadente. La historia nos invita a un recorrido por un universo de personajes sórdidos, decrépitos, cínicos hasta consigo mismos, que intentan buscar la felicidad en una inyección de botox o en una inhalación de cocaína. Todo esto en una de las ciudades más hermosas del mundo, Roma. Aunque ésta no es la Roma del Papa ni la de Leonardo, sino más bien la Roma al estilo Berlusconi.

El narrador de esta historia es Jep Gambardella, un periodista que acaba de cumplir 65 años y que ha escrito una sola novela en toda su vida. Ahora, se la pasa de fiesta en fiesta mientras intenta descubrir cuál es la gran belleza de la vida, y sólo ve decadencia a su alrededor, aunque no se esfuerza mucho por salir de ella. Él también es parte de esta decrepitud, y tiene noción de ella, pero está acostumbrado y prefiere aceptarla, no sin un dejo de nostalgia.

Hay varios diálogos notables en la cinta que dejan claro el vacío de sus personajes una y otra vez, como por ejemplo cuando Jep le pregunta a una amiga a qué se dedica y ella le responde “soy rica”. O tal vez uno de los más significativos, cuando Jep habla sobre los trenes que hacen bailar y dice que son los mejores de Roma. Cuando le preguntan por qué, el indica que es “porque no van a ninguna parte”; al igual que él y todos sus amigos que están estancados en su frivolidad y una vida que no aporta nada al mundo.

En medio de toda esta vida de juerga infinita, entre una celebración y otra, Jep recuerda uno de los pocos momentos realmente felices que tuvo en su vida, su primera vez con una mujer. El amor, un sentimiento que lo abandonó hace años, y un vacío que no logra llenar ni con todo el dinero del mundo.

Cada uno de los personajes es un mundo por descubrir. Desde Romano, el gran amigo de Jep que sueña con escribir una obra de teatro y ser reconocido, mientras intenta conquistar a una mujer más joven y a la cual en años no ha conseguido siquiera robarle un beso, hasta Ramona, la hija de un viejo amigo, bailarina de un cabaret y que de alguna manera, se convierte en una especie de cable a tierra para el escritor.

La estética del largometraje está muy bien concebida. Por un lado, el director Paolo Sorrentino decide mover constantemente la cámara y llevarnos así a las contradicciones de esta ciudad con mucha elegancia. La cámara nos traslada desde la casa de Jep, donde da muchas de sus fiestas, hasta un colegio de monjas que está al lado, o de ahí al gran coliseo. La cinta transita desde las grandes obras de arte italianas hasta lugares sórdidos y oscuros. Y así viaja una y otra vez, recordándonos constantemente los contrastes que hay en Roma, ciudad que pasa a convertirse en un personaje más de la película.

Lo interesante es, precisamente, que a través de los contrastes (de los paisajes de la ciudad, los diálogos, la vestimenta de los personajes) la película nos habla del valor de las cosas, aparentemente sencillas de la vida, pero sin dejar nunca de mostrarnos la opulencia, casi como si la vida fuese una gran burla.

Así, “La gran belleza” no tiene ningún tapujo en reírse de la clase alta de Italia, ni de la iglesia, ni de los artistas, ni de los partidos políticos. Es una cinta elegantemente irreverente y posee varias escenas jocosas, aunque en realidad es la risa del payaso triste. La gran belleza no es una comedia, sino un drama acerca de la nostalgia, de la vejez. Porque en esta película todos son viejos y nadie es feliz.

Esta cinta, que ganó el Oscar, el Globo de Oro y el Bafta a mejor película extranjera, es una historia que más que emocionar, invita a la reflexión. Muy recomendable.

© Juan Carlos Berner

En Twitter: @jcbernerl