Muchas personas opinan que la pérdida de un hijo es, por lejos, lo más terrible por lo que podríamos pasar como seres humanos concientes y pensantes. Uno que es padre sabe que podría ser así. Y hablo en condicional porque afortunadamente no me ha sucedido y espero que nunca ocurra. La persona como sujeto e individuo se apaga, se aplaca, cae en una profunda depresión que ni la mejor terapia te puede rescatar. Ni doctores norteamericanos, suecos o rusos, ni pastillas mágicas, ni las amistades, ni siquiera la familia. Solo palabras y demostraciones de buena crianza. Se apaga la luz. Sería todo.

Uno tiende a pensar que si la tragedia ocurre en una familia conformada por el padre y la madre, ambos se apoyarán, juntos harán más llevadera esa pena, juntos tratarán de cortar esa cadena de acero que los lleva a lo más profundo del abismo, juntos, al menos, intentarán consuelo mirándose a los ojos sabiendo que no están solos, que se tienen el uno al otro… ¿O no?

Amanda y Javier son un joven matrimonio que sufre en carne propia la fatalidad de perder a su pequeño hijo Pedro de 4 años ahogado en la piscina de su casa. Ella se muestra pasional y visceral con respecto a esta tragedia, mientras él se muestra cerebral y entero. Este es el detonante para Amanda quien decide abandonar a Javier, no porque sea mejor para los dos, sino porque ella no tolera el letargo y pasividad de él. Javier no ha llorado, y eso Amanda no lo puede entender.

¿Qué ocurrirá en la distancia? Dado que cada uno ha tomado caminos separados, ¿Cómo vivirán su duelo? Si llegasen a separarse, ¿Habrá sido la mejor decisión? Y más aún, ¿Habrá continuidad de la vida misma? ¿Cómo se sigue viviendo en individualidad con esta mochila llena de dolor que cada uno carga en la espalda?

Este es el tema central que toca Matías Bize (“En la cama”, “La vida de los peces”) en esta sensible y delicada película. Y sin entrar mucho en la labor del director, deseo hacer notar que Matías abandona notoriamente los problemas y rencores que existen al interior de las parejas, como lo hizo en sus anteriores entregas, para mostrar un drama con altura de miras, que no se puede calificar de maduro porque expone sensiblemente el hecho que nadie en este mundo está preparado para afrontar semejante crueldad del destino.

La médula del filme son sus protagonistas, Amanda (Elena Anaya, “Lucía y el sexo”, “La piel que habito”) y Javier (Benjamín Vicuña, “Prófugos”, “El bosque de Karadima”). Si los analizamos desde el punto de vista del espectador, ellos hacen un complemento perfecto en cuanto a sentimientos se refiere. Él es el que abraza, el que contiene, el que mantiene la cordura. Ella está en su rol femenino, como mujer, como madre, descarnada, agobiada y explosiva. Se produce un juego entre el público de querer o no querer tomar partido por uno de los dos, reflejarse en ellos, disfrazarse de ellos, como actuaría cada uno de nosotros en una situación similar, y ellos representan dos modelos perfectos, arquetipos opuestos en cuanto a reacciones ante tamaña tragedia se refiere.

Mientras avanza el filme, Bize utiliza varias locaciones de Santiago y el sur de Chile. Sin embargo, de todas formas está presente la extraña sensación de claustrofobia que vive la pareja. Con pocos actores de reparto, y posiblemente eso sea la causa de ello, los protagonistas están prácticamente solos en su dolor. Quizás lo que se podría llegar a criticar del filme, en términos personales e incluso machistas, es el por qué ella siendo la causante del alejamiento de la pareja a los pocos días entabla una relación amorosa con un antiguo amor. ¿Era necesario siendo que estaba de duelo?

En cuanto al despliegue de los actores, Elena demuestra la gran actriz que es. Un desplante y una facilidad de emocionar que sorprende. En paralelo, Benjamín Vicuña realiza una actuación bastante plana, que no destaca en ningún momento y que tampoco demuestra algún atisbo de veta actoral que hemos podido apreciar en otras obras. Se podría pensar que esa es la intención del guión y no que Vicuña no llenó el plató del todo.

Valiente Benjamín Vicuña en hacer el rol del padre del niño muerto, por la tragedia personal que le tocó vivir hace algunos años atrás cuando perdió a su pequeña hija de seis años a causa de una extraña y fulminante enfermedad.

Uno de los puntos fuertes del filme es la música. Diego Fontecilla es el encargado de la música incidental quien ha trabajado en al menos dos películas anteriores de Bize, mostrándonos melodías de pocos tonos que funciona a la perfección, acompaña en forma precisa y casi casual cada una de las escenas, y que va en un aumento delicioso y melódico conforme las imágenes nos inundan. A su vez, la banda “Inverness”, que también colaboró en “La vida de los peces”, aportan con canciones cadenciosas y melodiosas muchas escenas del filme. Excelente banda sonora.

En general, “La memoria del agua” trata de un tema triste, complejo, doloroso. Sin embargo, queda la sensación que si bien el tema está delicadamente tratado, es demasiado plano como largometraje, no “explota”, no tiene ningún quiebre en el guión ni tampoco algún estallido de emocionalidad, sino que se mantiene demasiado a la defensiva y exageradamente cauteloso. La película está llena de Close-up a los personajes y evita las tomas de planos extensos. Indudablemente es un filme “para festivales”, bien estudiado, bien hecho, constante e interesante. No tengo dudas que le irá bien en Venecia, Sanfic y en donde se presente.

“La memoria del agua” efectivamente toca corazones. Se agradece que la película comience cuando el accidente es un hecho y no que debamos presenciarlo. Mientras se aprieta el corazón, en nuestras mentes se abre el debate de juzgar si el comportamiento de cada uno en escena es lo que uno efectivamente haría. Yo elegí. Y parece que perdí.

 

Por: Daniel Bernal

En Twitter: @BernalusTwit

 

Ficha Técnica:

Director: Matías Bize

País: Chile

Duración: 90 minutos

Elenco: Elena Araya, Benjamín Vicuña, Néstor Cantillana, Pablo Cerda, Antonia Zegers