Cuando uno va a ver una película de Tarantino, uno ya sabe a lo que se va a enfrentar: Personajes de comic, violencia gratuita, sangre gratuita… Así que es como ponerse una zapatilla regalona o probar los porotos que hacía la abuela. No se espera una obra maestra, pero tampoco un bodrio. Así ha sido la mayoría de las veces.

Tarantino esta vez combina ingeniosamente un género que le es familiar, el Western, con el relato policial tipo Agatha Christie, en el que varios personajes están encerrados sin poder escapar, y hay un asesino o más entre ellos. La propuesta es curiosa y si bien no va a ganar el premio a la originalidad, hay bastante talento y dedicación del autor como para que no sea un refrito envasado de los que abundan hoy.

La ambigüedad moral también está presente en este filme, y por supuesto los clásicos estereotipos gringos post Guerra Civil: todos los personajes son cínicos, malvados o brutos, así que si viniste a ver poesía o delicadeza, te equivocaste de sala en el cine. Los personajes, aunque caricaturescos, están bien caracterizados por actores de la talla de de Kurt Rusell o Samuel L. Jackson, quienes demuestran que cuando hay un buen director detrás, pueden brillar y demostrar su potencial. Claro, esta vez con el sello violento y deslenguado de Tarantino.

El conflicto racial y político aún está presente, aunque no con el mismo desarrollo y profundidad que en “Django”, por ejemplo. Lo que sí es novedoso es un cuestionamiento a los roles de género, pues el único personaje femenino (Tenía que ser, revisa este artículo para saber más) es golpeado continuamente, produciendo espanto en el espectador, lo que da para pensar, porque una escena similar en la que un personaje masculino es golpeado a cada rato, sería graciosa.

Otra cosa que también es bastante novedosa, al menos para el género, es que se cuenta una historia Western utilizando recursos narrativos que juegan con la perspectiva, el tiempo y el narrador, lo que permite que nos acerquemos a esta obra como espectadores activos que construyen la trama, en lugar de espectadores pasivos que se limitan a desplomarse en un sofá a escuchar garabatos disparos y golpes.

Algo hay que decir respecto al sello del autor, quien no se molesta en absoluto en disimularlo (A estas alturas ¿Para qué?). Así como Tim Burton y otros autores, a uno le cuesta decir si a estas alturas Tarantino está plasmando su sello personal o simplemente se está copiando a sí mismo, pues algunos elementos recurrentes terminan cansando un poco. Está bien que un director tenga una identidad, pero podrías, como Kubrick o Lynch, manifestarlo de diferentes maneras. Es decir, si solo puedes contar una historia con gore, violencia y mala leche, es porque quizá no te has aventurado lo suficiente en tu potencial creativo. Recordemos que Lynch hizo “Una Historia Sencilla” y Kubrick “Barry Lyndon”. Sé que estoy usando a ejemplos sumamente exigentes, y es verdad que Tarantino no es Kubrick, pero es un ejemplo de cómo la identidad de un autor se puede diluir en la repetición. Si yo fuese Tarantino, estaría a estas alturas de mi vida en la que ya tengo un prestigio ganado, explorando nuevas facetas de mi capacidad creativa. Pero bueno, por algo no soy Tarantino y él está haciendo películas y yo quejándome por Internet como los jetones.

A pesar de estos defectos mencionados, “Los 8 más Odiados” es una película interesante y entretenida, que te atrapa en sus tres horas de duración y que, como la mayoría del director, vale la pena ir a ver. De la misma manera en que en Chile cuesta hacer una película sobre el Golpe y ser original y atractivo al mismo tiempo (Como yo en la vida real), un filme estadounidense sobre la Guerra Civil se enfrenta a los mismos retos, y esta película los vence sin duda.

Además, los efectos están a cargo de Greg Nicotero, uno de los capos en efectos de muertos, zombies y que ha brillado últimamente por su trabajo en “TheWalkingDead” y otras producciones, aunque su talento data de las películas clásicas.

Por Felipe Tapia, un crítico que si aún no conoces, qué pena me das.