Ernesto Diaz Espinoza es un director que se mueve hábilmente dentro del género de la acción, interpelando a la audiencia sobre cómo las artes marciales, la mafia o el western podrían aparecer en el Chile de hoy. En general esa mezcla de géneros “made in Chile” es uno de los aspectos más interesantes de sus obras (“Kiltro”, “Mirageman” “Santiago violenta”) sin embargo en “Redentor” olvidó todas estas preguntas y lo que aparece en escena es una historia hibrida, sin referentes territoriales, que más podría haber sucedido en Tijuana que en Pichidangui.

La historia está situada en Chile, sí, pero eso no importa nada. La tensión está puesta en la tortuosa relación entre El Redentor (Marko Zaror) y un sicario mexicano apodado El Escorpión (José Luis Mosca) Ambos llevan años jugando al gato y al ratón. Mientras el encuentro se prepara, El Redentor debe combatir a un inepto gringo llamado Steven (Noah Segan) que pretende adueñarse del pueblo e instalar su cartel de drogas ahí.
Si bien, a Zaror le sobra presencia de héroe de acción y tiene la capacidad física para sostener sorprendentes escenas de artes marciales, su rango dramático es muy acotado y la trama en que lo ubica el director es demasiado esquemática. La idea con que se construye el personaje, el mito de El Redentor, daba para mucho más juego de lo que vemos finalmente.

Pardo, el personaje de Marko Zaror, es un ex sicario reconvertido en justiciero. Su pasado lo atormenta y adivinamos que eso es lo que lo impulsa a jugar permanentemente el absurdo juego de la ruleta rusa. Poner su vida en la cuerda floja es su forma de redimirse de un pecado que desconocemos. Este deseo de muerte, contrasta con su “intensa” religiosidad (muy como los narcos mexicanos se relacionan con la virgen y los santos).

Mi problema con Pardo es que pese a esto, nos da poco como personaje. Es un antihéroe es cierto, es oscuro y osco, pero como lo vemos con la mirada en el suelo y la capucha puesta (incluso adentro de la casa) todo el tiempo, su melancolía se vuelve un poco ridícula, una pose que no logra transmitir nada.
“Redentor” se construye a partir de ideas que conocemos, mezclando géneros y situaciones que ya hemos visto. Con estas referencias Ernesto Diaz construye una suerte de pastiche, logrando momentos originales de real interés y sorpresa. En este sentido, los duelos y las persecuciones son lo mejor logrado. Zaror despliega toda su energía, y es capaz de envolvernos en sangrientas escenas físicas con neonazis, pescadores y mafiosos. El exceso de sangre y las fantásticas piruetas, aparecen como un espectáculo visual que ya es marca de estilo del director.

Pero cuando las peleas terminan y volvemos a la trama, todo se vuelve precario y gratuito. Salvo por Loreto Aravena, que ilumina la pantalla y con poco hace mucho, el resto de los personajes son una simple caricatura, esperando el balazo de rigor.

Hacia el final de la historia volvemos a reencontrarnos con la energía y el espíritu épico que prometía la película. La lucha entre el bien y el mal, la redención y los castigos se debaten en un enfrentamiento de vida o muerte. Terminada la proyección, el sabor que queda es agridulce. Ernesto Diaz podría haber desplegar su talento visual pero al mismo tiempo ser más agudo a la hora construir el relato. No solo de patadas vive el hombre.

Por Aldo Vidal

En Twitter: @AldusVidal