Pocas películas chilenas generan tanta expectativa durante semanas e incluso meses antes de su estreno. Y en estos tiempos da lo mismo la plataforma. Ahora bien, venir con este ruido estruendoso lamentablemente no asegura que veremos una buena obra, y quizás hasta solo sea mediocre. Me ocurrió con “La Memoria del Agua” (2015), de Matías Bize, la que venía casi con el título de ser la mejor película chilena de la historia… y está lejos de ser tal. En el caso de la película que vamos a comentar, ocurrió un poco lo mismo.

“Tengo Miedo Torero” es una novela escrita el año 2001 por el fallecido escritor chileno Pedro Lemebel, y es la base para la construcción de esta película del mismo nombre. Su director es Rodrigo Sepúlveda Urzúa, director chileno de renombre, conocido por sus películas anteriores “Un ladrón y su mujer” (2001), “Padre nuestro” (2006) y “Aurora” (2014). Sepúlveda nos lleva al corazón de “la loca del frente”, protagonizada por un soberbio Alfredo Castro y de quien solo tengo palabras de elogio tanto por este papel como todo lo que ha hecho a lo largo de su carrera.

Este personaje es un travesti adulto que vive en un barrio pobre y que se gana la vida realizando bordados para esposas de militares. Sus amigas son personas de su misma condición. Nada alteraba la vida de la “loca del frente” hasta que llega Carlos a su vida, un hombre más joven que ella, extranjero, y que le solicita guardar en su casa unas cajas que contenían libros. Con el tiempo, Carlos comienza a hacer reuniones sociales en la casa, en donde ella no podía estar presente. Muchas preguntas y dudas sin aclarar. Pero de lo que sí ella estaba segura, era de que se estaba enamorando perdidamente del joven.

La película transcurre con un ritmo pausado y sin aspavientos. Son pocos los personajes en escena, pero todos de calidad. Memorable es la interpretación de una canción al inicio del filme en donde destacan las actuaciones de Sergio Hernández y Luis Gnecco.

Todo mientras el espectador quiere saber cuál es el secreto de Carlos, el extranjero y sus cajas con libros. Y en este punto es en donde la película no funciona como debería.

Soy de la idea de que una obra cinematográfica sí puede compararse con una obra literaria, más aún cuando la primera es producto de la segunda, aunque para la opinión de expertos esto es imposible de realizar. Pero no puedo no mencionar la novela en este punto, que leí años atrás. A la película le falta dejar mucho más claro el sentido de Carlos en la casa de la “loca del frente”. El picnic en el Cajón del Maipo tampoco deja en claro su intención. Las noticias del atentado a Pinochet que se oyen bajito en la radio, no alcanzan ni logran dar el contexto a lo que es ni más ni menos la base, la piedra angular en donde se apoya la historia y, por ende, la obra completa, tanto literaria como audiovisual. A Carlos no le creí; equivocado el casting en este punto (y solo en este punto). Incluso, me quiero permitir indicar que se extraña la prosa de Lemebel, esa que hace que la novela tenga ese efecto envolvente. ¿Será posible llevar esa prosa al lenguaje del cine? ¿O es un fallo del guion y la dirección del filme?

Todo lo anterior, hace que la película quede al debe, mirando de reojo la pantalla pensando en que le faltó eso, el grueso de la obra. Por lo que debo separar en dos grandes bloques una misma obra: la producción cinematográfica (edición, montaje, dirección de personajes y otros), y la parte sicológica de lo que realmente entendió el espectador.

En el global, “Tengo Miedo Torero” es una buena película, muy bien ambientada e interpretada. Mantiene al espectador atento y no decae. Pero, también se siente una historia demasiado local, y que requiere saber de la historia reciente de Chile, si es que no la obra de Lemebel. La historia de la película no se explica bien por sí sola desconociendo estos aspectos, quitándole la universalidad que toda buena cinta debería tener.

Por: Daniel Bernal

En Twitter: @DanielBernalY