“Turbo” evoca vagamente a dos historias: “Juan Salvador Gaviota” y “Ratatouille” de Pixar. La película trata de un pequeño caracol cuyo pecado es soñar más allá de su naturaleza molusca, y en lugar de limitarse a comer y protegerse de los peligros, es decir, sus instintos básicos, quiere correr rápido. Los demás caracoles lo desprecian y humillan por ser como es, y continuamente le dicen que debe bajar de las nubes y vivir para lo que está hecho: ser un caracol. Esta premisa recuerda bastante al libro de Richard Bach, pero no lo suficiente como para ser un plagio.

“Turbo” también recuerda a “Ratatouille” por tratarse básicamente de un animal paria que debe aliarse con un humano paria para llevar a cabo un objetivo común. El problema es, primero, que si bien el sueño del protagonista de “Ratatouille” era más razonable (Cocinar platos ricos, quién puede estar en contra de eso), Turbo es demasiado descabellado: El sueño consiste en que un caracol corra en Indianapolis, compitiendo contra vehículos.

El caracol Turbo es víctima de un accidente que, lejos de matarlo, le otorga poderes de velocidad, algo nada extraño para quienes crecimos leyendo las historias de Marvel Comics. Las circunstancias lo llevan a conocer a un gordo vendedor de tacos en el que se ve reflejado, por también tener sueños y un hermano mayor encargado de sofocarlos, y juntos sortearán un montón de obstáculos para vencer los prejuicios de la gente y lograr que Turbo corra contra autos en la pista de carreras.

La película recicla bastantes elementos de cintas animadas pretéritas, por ejemplo, uno de los caracoles secundarios recuerda bastante a la oruga de Bichos, y explota la creencia de que todos los gordos deben ser graciosos por obligación. El villano es un egocéntrico impasable y por supuesto que uno desea que pierda, y la propuesta general es: “No importa lo que los demás te digan, sigue tus sueños.”

El problema es que ninguno de los dos protagonistas alcanza a generar demasiada empatía, uno por lo descabellado de su sueño, el otro por lo banal. Turbo tiene un sueño demasiado loco y tirado de las mechas como para que uno desee que este se haga realidad, y si bien el protagonista humano de Ratatouille generaba empatía, el gordo de Turbo no lo consigue totalmente, debido a que su sueño es diametralmente opuesto al del caracol Turbo en ambición: Él quiere vender tacos, lo que por lo menos a mi juicio no es motivación suficiente como para parar una película. Y Turbo se va al otro extremo, tiene un sueño demasiado descabellado.

Por eso considero que hay que tener cuidado con estos personajes losers y de bajo perfil que abundan en esta clase de películas: Si es demasiado loser y de bajo perfil, no alcanzará a calar en la gente y producirá el efecto opuesto al esperado.

Y a pesar de que se trate de una película animada, a veces se echa de menos algo de coherencia interna. “La Era del Hielo” la tenía, “Shrek” la tenía, incluso “Ratatouille” la tenía. Pero acá poner a un humano hablando con un caracol o haciéndolo competir contra autos parece ser recibido demasiado bien por un planeta Tierra aparentemente acostumbrado a las rarezas gracias a la globalización a Youtube, principalmente. Quizá se pudo haber desarrollado mejor la idea – Bastante interesante, según este bombón- que parte de la popularidad de Turbo se debió a las redes sociales y a la construcción mediática, que por supuesto no dura mucho y pasará a ser reemplazado por el próximo fenómeno de Internet.

A pesar de todo lo anterior, Turbo es una película entretenida, muy bien narrada, ideal para los amantes de la velocidad, con la cantidad de personajes juntos y necesarios como para construir una historia, ninguno de los “chistosos” llega a caer mal, que es algo que tienen muchas de estas películas, y claro, recicla muchos de los elementos de producciones similares. Pero esto último no le resta dignidad. El final es emotivo y redondito, y aunque está repleta de acción la espectacularidad nunca le hace sombra al desarrollo de personajes o a la historia propiamente tal. Es una buena alternativa para estas vacaciones, ya seas niño o adulto (Claro, los adultos no tienen vacaciones de invierno).

(c) Por Felipe Tapia, un crítico que las tiene todas consigo