En la España de los 50, esa que estaba dominada por la dictadura de Franco, se vivían tiempos de cambio, de revelaciones y revoluciones, de abuso, de opresión y libertad. Todas las esferas sociales estaban marcadas de alguna u otra manera por el “franquismo”, siendo, como suele ocurrir en este tipo de gobiernos, la clase aristocrática y más acomodada la que saca más provecho de la opresión imperante. Y esta miniserie de solo tres capítulos, nos sitúa en esta realidad, con la diferencia que el problema no es contra el gobierno, sino que brota desde las entrañas de una de estas familias acomodadas y con influencias.

Gabino es el único hijo del matrimonio de esta familia de mucha tradición. Vive en México desde niño y viaja a España a visitar a sus padres. En el seno familiar vive también su abuela, Doña Amparo, que sin duda alguna es la matriarca. Pero Gabino no realiza el viaje solo, sino que lo acompaña su amigo Lázaro, que es bailarín de balé. El recién llegado empieza a reencontrarse tanto con familiares como con amigos del pasado, y de a poco va descubriendo que la mayoría de ellos no están muy contentos de tenerlo de vuelta. Además, comienzan los rumores de que Gabino y Lázaro son pareja, algo inconcebible para la época, tremendamente peligroso para el puesto en el gobierno que ostenta Gregorio, padre de Gabino, pero sobre todo tremendamente dañino para el linaje y el respeto de la familia. Es así como la serie se debate entre la moral, la política, el poder, las luchas de clase y, por supuesto, la homosexualidad.

La miniserie cuenta con un rico elenco conformado, entre otras personas, por Alejandro Speitzer (La Reina del Sur), Ester Expósito (Elite), Cecilia Suárez (la inconfundible Paulina de la Mora en La Casa de las Flores), y la reconocida actriz Carmen Maura, quien ha trabajado en muchísimas películas de Pedro Almodóvar.

La serie tiene buen ritmo. No alarga secuencias indeseadas o abusa del plano muchas veces inútil. Es práctica y funciona. Hay momentos más flojos que otros lo que está dado por temas concernientes netamente al guion. La música incidental no es un fuerte, pero sí lo es el montaje y la fotografía. Se logra la ambientación de época, goza de credibilidad en las costumbres aristocráticas de la época, y la trama va conforme a las prohibiciones y nulas libertades del momento político imperante. Sin hacer mucho alarde de la dictadura, son los personajes y sus diálogos los que se encargan de situarnos a nosotros en esa realidad.

Otro punto a favor es el momento de catarsis que utiliza el director para escapar de la línea de la filmación y situar a el o los actores en una especie de podio iluminado con saturación de color, música dramática de fondo, y que no tiene otro propósito que el ahondar en la desdicha de la tragedia. Excelentemente logrado.

La serie también agrega algunos personajes, como si fuera poco, antagónicos, como Alonso que es su amigo de infancia, y Cayetana, a quien las familias desean emparejar con Gabino “para que todo quede en familia”, pero ella no desea a nuestro protagonista, sino que a su amigo Lázaro. También hay un personaje en la cárcel quien nos recuerda a Jody de “El Juego de las Lágrimas”, añorando a su amor que quedó libre y con quien quedaron temas pendientes.

“Alguien tiene que morir” cumple con la entretención que propone desde un principio apostando a una serie de época y que ahonda en los problemas que nacen desde el seno familiar. ¿Por qué Gabino se fue a vivir solo a México siendo solo un niño? Esa es una pregunta que sí se responde y que a la larga explica muchas cosas. Recomiendo verla, se consume en un rato y tiene un final que cumple con el título.

Escrito por: ©Daniel Bernal

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