Anna (Amy Adams) es una mujer joven que padece de agorafobia, que en su caso se manifiesta como el pánico de salir a la calle, por lo que día y noche lo pasa sola y encerrada en su gran departamento en Nueva York. No teniendo más contacto que con David, un joven a quien le arrienda el piso bajo el suyo, Anna durante el día duerme, ingesta un cóctel de pastillas, bebe mucho alcohol y habla por teléfono con su hija y su exmarido; y, por la noche, se dedica a espiar a sus nuevos vecinos que llegaron cruzando la calle. Y es en este improvisado pasatiempo cuando se vuelve testigo de un ataque feroz que se produce en el departamento del frente y decide denunciar a la policía. Sin saberlo, para ella comienza otra pesadilla.

Esta es la nueva película del director inglés Joe Wright, quien aparte de contar con un gran elenco en donde destacan, entre otros, Gary Oldman, Julianne Moore y Jennifer Jason Leigh, construye una película visualmente hitchcockniana de principio a fin. Y no solo en la parte visual, sino que en elementos físicos que son parte de la trama también. Los colores son la característica principal del filme, ya que no son tonos puestos al azar, sino que todo tiene un orden y el deseo inequívoco del director de querer expresar sensaciones al espectador. El color rojo, por ejemplo, es el que predomina en los momentos más angustiantes de Anna, por lo que el sofá, la luz, su vestimenta y muchos artículos decorativos más adquieren este tono durante los cien minutos de duración. Las pocas veces que otras personas interactúan con Anna el color de fondo se vuelve a un verde muy grato, y en absoluta contraposición al rojo, ya que como sabemos son colores que no combinan entre sí. Cuando las cosas están calmas, el color anaranjado se apodera del set. Tonos amarillos y azules también son parte de las escenas, y cada persona sabrá interpretar esta característica visual del modo que lo perciba. Y en una película en donde existe furia, pena, violencia y nada de dicha, la cantidad y tonalidad de colores no pasa desapercibida, muy por el contrario, se transforma en el sello principal de esta obra cinematográfica. Basta con remontarse a “Vértigo” (1958) de Alfred Hitchcock para hacer las analogías correspondientes y entender porqué el color es tan importante en muchas escenas del fallecido director.

Acerca de otros elementos, existen un par de objetos que son usados como armas, donde ninguno es un revólver. Las películas de Hitchcock también tenían este sello, siendo las sogas, los cuchillos y el envenenamiento sus recursos mortales preferidos.

Además, en escenas en donde Anna veía televisión, películas de Hitchcock pasaban en ese momento. Muchos elementos, de principio a fin, nos hacen recordar al maestro del suspenso de una manera grata y agradecida, como si se tratase de evocar buenos tiempos.

En cuanto al guion en sí, no es una película muy original en su temática y/o trama, por lo que incluso se puede anticipar. Eso sí, se puede jugar a la adivinanza cuando se lleva más de una de metraje, ya que no solo tiene uno, sino que tiene dos giros de guion sorpresivos que ayudan a entender el global de la situación de Anna y ver para donde apunta el desenlace. Tiene algunos baches en escenas que pueden considerarse de relleno y otras escenas poco creíbles para lo que se está presenciando.

Con muy buenas actuaciones de Amy Adams, Gary Oldman y Julianne Moore, “La Mujer en la Ventana” (The Woman in the Window), basada en la exitosa novela homónima de A.J. Finn, es un thriller sicológico que juega con los elementos visuales ya descritos y que en general cumple con entretener y mantener la atención del espectador.

Disponible en Netflix.

Escrito por: ©Daniel Bernal

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