Crítica de Televisión: “La Poseída”: Los ochenta en el 2015

No sea leso, no me refiero a la serie, sino a la década. Es que “La Poseída” recuerda a ratos a producciones chilenas de las de antes, se lo juro. La nueva serie de TVN está basada en un caso real: la primera posesión demoniaca oficialmente documentada por la Iglesia en Chile, a fines del siglo XIX. La propuesta es interesante, aunque me queda dando vueltas la pregunta ¿Todas las historias chilenas tienen que estar basadas en un hecho real? “El Tío”, “El Bosque de Karadima” “Los Archivos del Cardenal”, “Allende en su laberinto”, “Sitiados” ¿No se les ocurren historias nuevas a los guionistas? Bueno, supongo que es mejor que caer en la moda de los remakes, spin off, revivals de clásicos y adaptaciones en la  que está sumergido Hollywood.

Dejando de lado los ladridos de este insoportable (Pero estupendo) crítico, la serie trae a colación el clásico enfrentamiento entre  fe y razón, religión y ciencia, de manera bien retratada, aunque sin aportar nada nuevo a la discusión. La historia se centra en Carmen Marín, una estudiante de internado de dieciséis años que es supuestamente poseída por fuerzas que en esa época la ciencia no era capaz de explicar. Para los interesados en el tema, les recomiendo ampliamente la película muda del año 1922 “Haxan”, que explica cómo en la antigüedad las enfermedades mentales como histeria o esquizofrenia eran diagnosticadas como posesión demoniaca. “La Poseída” transcurre en una época en la que estas ideas todavía no eran abandonadas del todo (Sobre todo por los sectores conservadores religiosos) pero ya habían encontrado un digno rival en la ciencia y la medicina.

Para resolver el problema que aqueja a Carmen (Luciana Echeverría), el Gobierno le pide al joven doctor Gabriel Varas (Jorge Arrecheta), el clásico sangre nueva dispuesto a cuestionar y suplantar la obsoleta vieja generación, para que trate a la desafortunada niña. Como contrapartida del hombre de ciencia, el poco convencional cura Raimundo Zisternas (Marcelo Alonso) encarnará las fuerzas de la religión, empeñado en que lo que padece Carmen no es una enfermedad, sino que tiene una explicación sobrenatural. Y así, el conflicto está servido, mis amigos.

Una de las cosas buenas de la serie es que ilustra bastante bien los problemas del contexto social de la época, como los roles de género. Por ejemplo, en una familia acaudalada no se le pregunta al hijo hombre por su hora de llegada, cosa que no pasa con las hijas mujeres, quienes por ningún motivo deben practicar el sexo e incluso andar con un hombre sin permiso de su papá. Por supuesto, cuando Carmen, en plena explosión hormonal adolescente, se siente atraída físicamente por el doctor Gabriel (¡Guau! ¿Cómo no se me ocurrió que iba a pasar esto? ¡Estos guionistas son unos genios de la innovación!), lo atribuye a que está siendo tentada por el demonio. Claro, parece una explicación convincente: Si andas ganoso, tienen que ser las fuerzas sobrenaturales. En mi caso tendría que bañarme con agua bendita, no sé ¿Cada catorce segundos?

Los conflictos sociales tampoco se quedan fuera en esta producción. La clase pudiente chilena es retratada como clasista, arrogante, con desprecio a los “rotos” y “nuevos ricos” por igual. Esto constituye un ingenioso retrato de la sociedad chilena de hace…¡Esperen, esa imagen también encaja con la clase pudiente actual, mira tú!

Lamentablemente, el conflicto de la razón versus religión son más que nada lugares comunes resultado de los personajes caricaturescos. Gabriel es el típico triunfador seductor y seguro de sí mismo, pero que tendrá que hacer a un lado su escepticismo para ayudar a la linda joven. Raimundo es un personaje que se esfuerza por parecer cool, como el cura de “Líbranos del mal”: Bueno para los combos, para el copete, ex soldado, con una patita en la vida civil y otra en el sacerdocio. Y claro, al doctor no lo puede ver ni en pintura.

El problema cuando haces una historia de un género ya bien definido, es que existen referentes que inevitablemente el público va a evocar. El más obvio es, sin duda, “El Exorcista”. Pero claro, “La Poseída” evoca (¿O invoca? Digo, como estamos en la onda medio espiritista acá) referentes de películas de posesión de todas las épocas, como “Insidious” o la ya nombrada “Líbranos de Mal”. Y como resultado, la serie es una tópica/típica historia de posesión demoniaca, en la que una persona sufre un extraño mal que nadie puede entender, la ciencia fracasa al ayudarla y deben usarse métodos menos ortodoxos para expulsar al ente maligno que la posee. Afortunadamente salvan la historia los cuestionamientos de los roles de género y conflictos sociales que adornan la trama.

Otro punto en contra de esta serie es que parece que no se ha avanzado mucho en el género. Los personajes, las actuaciones, la narrativa, recuerdan bastante a producciones similares de los años ochenta, incluso setenta. Algo así como “La Quintrala”. Algunas escenas bordean inclusive lo ridículo, como cada vez que las miradas de Gabriel y Carmen se cruzan, acompañados de una música melosa y cámara lenta, como si los espectadores fuésemos retrasados mentales y se nos tuviera que avisar que ese es un momento romántico. Por este y muchos motivos más, a veces da la impresión de estar viendo una serie antigua, de hace décadas. El subtítulo idiota y cliché “La Poseída: Marcada por el amor” tampoco ayuda mucho a la dignidad de la historia.

Muchos personajes son caricaturas y las actuaciones le van a la zaga: Gabriel Varas es el príncipe azul de Disney, Raimundo Zisternas es el cura cool y macho, incluso en la introducción aparece sosteniendo una cruz de forma amenazadora cual “El Exorcista”, lo que lejos de hacerlo ver espectacular, lo hacen lucir ridículo. Vitalia Mackenna (Alicia Rodríguez) es la típica pendeja malcriada y abusiva que ningunea y trata como basura a la pobre protagonista, incluso le corta el pelo. Solo le falta que en una escena diga “¡Qué haces besando a la lisiada!”  para que la caracterización esté completa (O bueno, en este caso sería “Qué haces besando a la poseída”).

¿Mi conclusión? Bueno, la serie solo lleva dos episodios y nunca hay que apresurarse, siempre existen las sorpresas, pero mi primera impresión es que “La Poseída” es solo una historia más de posesión, ni más ni menos que eso. Puede ser disfrutable si se pasan por alto los defectos que mencioné, y seguramente seguirla no es una pérdida de tiempo, aunque francamente, yo creo que actualmente hay mejores series que seguir.

© Por Felipe Tapia, el crítico que paraliza el tráfico cundo camina por la calle.

Fuente imagen: biobiochile.cl

2 thoughts on “Crítica de Televisión: “La Poseída”: Los ochenta en el 2015

  1. Como no tengo cable me dije una teleserie turca no veo ni cagando, voy a ver La Poseída. El primer capitulo me gusto, el segundo estuvo bien lenteja, espero agarre vuelo pronto.
    Lo que si me llamo la atención es que todo lo que pasa en el pueblo, pasa en el mismo pasaje siempre… eso como que todos viven en la misma calle jajajajaja 😉

    Saludos

  2. ME GUSTO AL PRINCIPIO Y AUN ME GUSTA LO IMPORTANTE ES QUE ME ENTRETIENE Y CON ESO BASTA GENIAL LA ABIENTACION Y ADEMAS ES CHILENA LAS FAMOSAS TURCAS ME LAS TIENEN TAN GRANDES COMO EL MORRO DE ARICA QUE LATA.

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