Mientras veía la película no podía evitar preguntarme “¿qué pasaría si llego con un guión así a mi escuela?”. Jamás, jamás, jamás. Y no es directamente porque sea una mala película, narrativamente es bastante entretenida y está brillantemente filmada, simplemente porque así como una película es un mundo en sí mismo, cada acto, cada escena, cada beat también. En este análisis es donde la película de Polanski peca. Escenas completas donde el personaje de McGregor (quien confirma por enésima vez el tremendo actor que es) simplemente no gasta energía. ¿Cómo? Si no gasta energía en resolver su conflicto qué es lo que estamos viendo. Pues bien, tomas y tomas de un tipo leyendo y analizando una y otra y otra vez un libro. Tal como el héroe se pierde en sus acciones intrascendentes, los conflictos comienzan a desvanecerse poco a poco hasta que la historia en sí misma no cuaja como una obra redonda. ¿Le falta sal? No es sólo eso.

A grandes rasgos, el “escritor fantasma” es quien se encarga de redactar y configurar un libro en el cual su autor es incapaz de hacerlo. Políticos, celebridades, hasta Don Francisco necesitan de un tipo que sea escritor y que entienda que para retratar una idea no sólo se necesita relatar lo ocurrido. Tras el fallecimiento misterioso del ghost writer de Adam Lang (Pierce Brosnan), Ewan McGregor (el nuevo ghost) comienza a descifrar las turbulentas relaciones de la CIA y las conspiraciones políticas estadounidenses que se esconden en la historia de Adam. Quizás estoy simplificando. Pero la verdad es que el grave pecado de esta historia es que no va más allá. A diferencia de una obra maestra como “Chinatown”, aquí Polanski no trasciende del relato pictórico de una historia interesante. Este es el preciso caso en el que uno no puede llamarlo argumento y sólo nos quedamos en la peyorativa palabra “historia”. No existe un punto de vista claro, más bien es una exploración dentro de un mundo particular y, para qué estamos con cosas, un ejercicio bastante chori. Lamentablemente, nunca llega a pasar de la anécdota. El motor del protagonista termina siendo su propia curiosidad por sobre incluso las ganas de combatir un mundo al que él se presenta como antagónico, y que incluso por momentos genera la expectativa suficiente como para pretender establecer un viaje al más puro estilo del viaje del héroe. Sin embargo, esa premisa jamás se resuleve. Incluso, los momentos de mayor cinética son yuxtapuestos con escenas de diálogos eternos y subtextos intrascendentes. Es tal el simplismo que uno como espectador termina viéndose inmerso en la historia del mismo modo que el personaje, por curiosidad.

Después de la primera hora de relato la película te lleva. De verdad te entretiene y uno quiere realmente saber qué va a pasar, pero al final del día cuando llegas donde los tuyos o te acuestas a tratar de descansar, “The Gost Writer” no es lo primero en lo que piensas. Más allá del truco, la obra llora por un fondo consistente. Pasa (y colada) sólo porque es Polanski. Si fuera otro el director, otro gallo cantaría.

Por  Ignacio Hache.

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¡Suerte!