A lo largo de la cinematografía mundial hemos tenido muchos asesinos en serie. Los ha habido buenos, extremos, inteligentes, torpes, de todo un poco. Hannibal Lecter es reconocido por mantener durante 4 años una especie de liderato subjetivo pero no conciente en cuanto a asesinos en serie brillantes se trata, hasta que apareció John Doe.

Con un estudiado, meticuloso y repugnante “modus operandi”, cometió sus asesinatos cada uno relacionado con uno de los siete pecados capitales: gula, pereza, lujuria, soberbia, codicia y envidia, dejando a la ira para el final. En los primeros cinco pecados nombrados asesinó a hombres y mujeres en donde él atribuía que estas personas tenían una relación directa con el pecado capital. En cuanto a la “envidia”, John Doe reconoce que éste era su pecado, y también debía pagar por ello, demostrando esa lógica inconexa atribuible solo a personas mentalmente inestables.

Así como en Chile utilizamos el nombre de “Juan Pérez” para generalizar y no individualizar a nadie en especial, en Estados Unidos ocurre lo mismo con “John Doe”, por lo que dado el  nivel de los crímenes cometidos no es difícil asumir que este no es su nombre real, representa su esencia, es decir, es un nadie o un “todos” al mismo tiempo.

Algunos de sus crímenes los preparó desde un año a la fecha en que empieza a mostrarle al mundo cuan enfermo se puede llegar a ser. Un año en el cual mantuvo a un hombre encerrado, sin luz y con cuidados alimenticios mínimos pero suficientes para no detonar ningún infarto, pero provocando invariablemente un estado mental trastocado de la realidad. Un asesino en serie realmente brillante, quien a la policía le deja a modo de morbosa burla alguna pista escondida de lo que podrá ser su próximo crimen, o alertando que ya lo cometió.

No puede haber tanta aberración sin que el sujeto lo disfrute. No son crímenes normales, son ejecuciones. No basta con presentarse y asesinar, las tortura. No basta con una herida de muerte, las mutila y desfigura. John Doe no tiene huellas digitales, durante años se cortó los dedos para no dejar pistas en sus asesinatos.

Solo una mente enferma y retorcida puede ser capaz de elucubrar e hilvanar una serie de ejecuciones tan bien estudiadas. Y los humanos que solemos “animalizar” a todo aquello que nos supera y que no logramos dimensionar ni menos hacer cuajar en nuestros cánones normales, quedamos descolocados ante un hombre calvo, flacucho, que no supera el metro y sesenta de estatura que se presenta como el asesino confeso de tan horrendos crímenes, y que tenía a la policía literalmente de cabeza en su búsqueda. John Doe se entrega a la policía con el fin de culminar en un bello y hermoso remate su obra abominable: una vez que movió a la policía a su antojo y la usó como marionetas haciendo que vayan y hagan lo que ya tiene perfectamente estudiado y previsto, confesó que su pecado capital era la “envidia” y que esa es la razón de haber dado muerte a la esposa del agente Mills (con regalo en caja de cartón incluido). Acto siguiente, muere abatido por el mismo policía al lograr reflotar la “ira” en él. Escabroso, triste, injusto, brillante. Todo en uno.

John Doe, quien cambió para siempre el concepto de “asesino en serie”, se dio tiempo de explicar y justificar sus asesinatos. Cada una de sus víctimas se lo merecía. Un gordo que no puede hacer nada por sí mismo y la sociedad debe cargar con su responsabilidad, una mujer que transmite enfermedades sexuales, un abogado ladrón, un hombre flojo que no hace nada por la vida y una mujer que vive de manera libidinosa, según él, no merecen vivir. Insiste en que la gente no lo ve porque la sociedad está acostumbrada a ellos, son invisibles por un tema tan simple como la costumbre, están en cada esquina y aprendimos a convivir con ellos. Pero él no.

Y mi problema es que en algunos aspectos le encuentro razón, pero claro, no es la manera, menos la forma.

Por ©Daniel Bernal

@BernalusTwit