El mapa del rock latino con cuna en Argentina es una zona comúnmente transitada, revisada, enaltecida (o vapuleada) casi obligadamente por los melómanos (al margen de los resultados de la revisión). Desde ahí se desprendió un rock/synthpop con composiciones de un morbo menos dosificado de anhelos febriles, obsesivos, erotizados, masturbatorios, sudados, de ambigüedad exacerbada… de esos que se coreografían en la pista de baile con un desgarro medio o bastante camuflado.

Precisamente Virus fue una de las piedras o la piedra basal para ese propósito que se disipó  con el deceso de Federico Moura Oliva, el frontman delgado, cautivante, enigmático, y que, claramente,  sobrevivió como buena leyenda de la cultura pop. “Imágenes Paganas”, de Sergio Cucho Constantino, –y presentado en la última edición del festival IN-EDIT– se configura siempre desde la cronología de su vocalista, desde la historia de la banda y el giro en su discurso compositivo –que entorpeció en su minuto los vínculos de esta familia musical– por la evidente apertura romántica/sexual que podría vislumbrar la posible biografía del mismo Moura. Eso sí, no por entrever una inclinación afectiva, sino por disipar una inicial arenga de descontento.

Configurado con material de archivo (prensa escrita, entrevistas para televisión que escasean por la poca disposición del líder a estas experiencias, audios y videos de la primera etapa más under de la agrupación) y una gran cadena de testimonios, “Imágenes Paganas” no solo se detiene para mirarse el ombligo: otro antecedente relevante y camino simultáneo para conocer la historia de los hermanos Moura es la desaparición de un hermano en plena dictadura. Una arista ensombrecida y escasamente repasada que se impone como una fractura mayor para este clan familiar, tal como ocurrió tras la pérdida de Federico algunos años después.

De todas formas, la intención de no mirarse constantemente el ombligo no es un favor absoluto puesto que el autor amalgamó una ficción que narra las peripecias de una fan de la banda que vive de la bohemia, de los amores sin censurarse frente al sexo ­­­–un seudo novio y una amante–. No obstante, la inclusión de esta ‘teatralidad’ –o quiebre en este género– no logra anexarse y se transforma en una ficción que debilita el tránsito investigativo o la(s) línea(s) central(es) de esta obra. Probablemente, si el tratamiento hubiese sido otro, el resultado de esta incorporación tendría un ‘sabor’ más agradable. Simulacro fallido.

Constantino, quien ya venía con el filme “Buen día, día sobre Miguel Abuelo, otro emblema del rock trasandino de los ochenta, no solo esparce la biografía de Moura hasta el día de su muerte ­–en diciembre de 1988– por el sida y parte del destino de los otros Virus tras la pérdida. Además, manifiesta la revolución estética –enalteciendo al líder como ícono glamoroso– que determinó la época dorada de los argentinos. Un híbrido que deambuló entre la resistencia, el rechazo y la aceptación que escaseaba, sobre todo al abordarse la homosexualidad de la cual Federico Moura Oliva nunca se refirió públicamente –menos en período de dictadura–. Desde este hemisferio igualmente deriva, definido en una especie de collage de un berrinche de colores, una clara conexión con la etapa en que los cassettes, VHS y pantalones almidonados  determinaban aquellos días, y que el montaje se encarga de realzarlos.

Wadu Wadu, Locura o Superficies de Placer, álbumes concluyentes de los ochenta, antecedentes además para el fenómeno de Cerati y compañía, y que con este ‘nuevo tipo’ de “Imágenes Paganas” aclara y distingue las sombras luminosas de la intrigante figura de Federico Moura –del cual Constantino nunca fue fanático, pero que por la inusual cautela de este rockstar lo motivó a realizar esta investigación–. Un documental que, a pesar de los desajustes, no deja de ser únicamente un material para tributar, sino que desempolva como nunca y encumbra el aporte compositivo, sonoro y estético de Virus en la historia de la música trasandina.

  ©Por Leyla Manzur H