“Breaking Bad” es una serie inmortal, que a más de 6 años de su final, sigue estando y seguirá vigente por mucho tiempo más. Su intenso guion, sus personajes entrañables y sus múltiples subtextos puestos a través de la narrativa audiovisual, hacen que pocas veces en la TV hayamos visto algo de tamaña calidad. Ahora, con el estreno de “El Camino” en Netflix, la serie vuelve a estar en boca de todos, y por eso recordamos esta genial columna de Stephen King sobre “Breaking Bad”, escrita por el gran novelista cuando se emitía la segunda temporada y publicada en Entertainment Weekly en inglés.

(No dejes de leer aquí la crítica de Felipe Tapia sobre El Camino).  

Lo primero que vemos en la segunda temporada de Breaking Bad es un ojo flotando en una piscina mientras las sirenas se alzan y entremezclan en el fondo. ¿Sirena de policía? ¿Sirenas de bomberos? ¿Ambas? No hay forma de saberlo con certeza. El ojo es succionado por un ducto de circulación y nos hundimos al fondo, descubriendo un mojado oso rosado de peluche con un solo ojo que, de alguna forma, es peor que un cadáver.

El episodio 2 comienza con un plano panorámico de un terreno desierto lleno de juguetes desechados, electrodomésticos, y cartuchos gastados. En el fondo, algo se agita frenéticamente. Suena como una lavadora, pero resulta ser un automóvil, estremeciéndose en espasmos de muerte. Es la secuencia más perturbadora que he visto en pantalla desde el lip-sync de “In dreams” de la cinta Blue Velvet protagonizada por Dean Stockwell.

Desearía haber sido la mosca en la pared durante la reunión de Breaking Bad en la que el creador Vince Gilligan explicó el concepto de la serie a los ejecutivos de AMC. Lo imagino diciendo: “Okey, muchachos, este es el asunto. Nuestro personaje principal es un profesor de escuela secundaria llamado Walter White. Aunque no fuma, descubre en el primer episodio que tiene cáncer terminal al pulmón. Él recluta a un ex alumno, un traficante de drogas llamado Jesse. Juntos entran en el negocio de elaborar metanfetaminas… y, como profesor de química, Walt hace una metanfetamina increíblemente buena. Jesse solo quiere hacer una pequeña cantidad, pero Walt tiene planes más grandes: asegurarse de que su esposa (embarazada con un bebé concebido en periodo pre-menopausia) y su hijo adolescente (que sufre un tipo de parálisis cerebral) estarán bien financieramente cuando él muera. Que podría ser pronto. ¿Lo entienden?”.

¡Y ellos dicen que sí! ¡AMC dijo que sí! ¡Dios bendiga a esos tipos! Como resultado, esta modesta cadena básica del cable ahora emite la serie con el mejor guión en la TV. A tu tío Stevie quizás no le importe mucho Mad Men, pero nunca ha visto algo como Breaking Bad en el metro. Lo único que se acerca es Twin Peaks. Pero la serie de David Lynch pierde su enfoque una vez que avanza más allá de la muerte de Laura Palmer. A juzgar por los tres primeros episodios de la segunda temporada de Breaking Bad, la historia está mejor entramada que nunca.

Nuestros héroes (si es que puedes llamarlos así) son completos bebés en el bosque, como puedes ver. Walt puede hacer el mejor cristal que el mundo ha visto, y Jesse tiene algunas conexiones en el mundo de las drogas en Nuevo México donde Breaking Bad se ambienta, pero una vez que tipos como Krazy 8, No-Doze y Tuco entran en escena, estos dos ingenuos están desafortunadamente fuera de las ligas y luchando solo por mantenerse vivos. Aaron Paul es maravilloso como Jesse —un llorón de ojos hinchados que recuerda a Bill Paxton de Aliens—. Casi lo puedes escuchar decir “¡Game over!”. Pero la verdadera revelación es Bryan Cranston como Walter White. Ahora calvo gracias a la quimioterapia de su personaje, Cranston usa sus extrañas características para transmitir cansancio, enfermedad y locura incipiente. Es un estadounidense común y corriente que vive en permanente estado de alerta.

Cualquiera hayan sido las razones de AMC para dar luz verde a Breaking Bad, la ganancia para los espectadores que gustan de sus cócteles de suspenso un poco más fuertes que el mojito usual de Law & Order es grande. El segundo episodio (“Grilled”) es un ejemplo perfecto. No hay spoilers aquí; basta con decir que el involucramiento de Walt y Jesse con el demoníaco narcotraficante Tuco (Raymond Cruz) llega a un punto crítico en un escondite en el desierto donde el tío de Tuco, afectado por un derrame cerebral, se sienta a mirar televisión mexicana en una silla de ruedas con una pequeña campana pegada en el posabrazo: un toque significa “sí” y ningún toque significa “no”. ¿O era al revés? No hay forma de estar seguro; de lo único que podemos estar completamente seguros es que Tuco está loco y que alguien va morir. Es como ver No country for old men combinado con el espíritu malévolo de la original Texas Chainsaw Massacre.

Gracias a Dios por el cable básico, si puede producir programas tan extraños y convincentes como este. Breaking Bad nos invita a otro mundo, tal como lo hicieron The Shield y Los Soprano, pero Walter White puede ser un tipo que vive a la vuelta de la esquina, el que intentó enseñar la tabla periódica a tus hijos antes de enfermarse. La piscina con el ojo podría estar a la vuelta de la esquina también. Eso es exactamente lo que hace todo tan divertido, tan aterrador, y tan convincente. Esto es algo exquisito.

Stephen King