La Isla de la Flores es Mundo y Representación; esto es, la Isla como representación de la presentación de un Mundo y las Flores como Representación del mismo.

Sin embargo, ¿qué acontece cuando la Representación del Mundo no representa más que una parte de sí, un trozo de tomate, un pedazo de la carne corporal del Señor Suzuki y su eficiente telencéfalo altamente desarrollado, una mordida de la carne de un cerdo, una pizca de la eficiencia de la máquina, una mirada al pulgar oponible del bípedo de Doña Anita, un atisbo del hambre y del pauperismo de los habitantes de una Región determinada?

Precisamente nos enfrentamos ante la representación de la pérdida de lo representado del Yo. El mundo como Isla, es una parte del todo, una ración del intento de una racionalidad forzada por otro Yo, en otro cuerpo, en otro tiempo y en otro lugar. Es una parte absolutamente independiente, pero a su vez, completamente correspondiente a los ejes del llamado “ser humano”, es decir, de un “concepto”.

El ser humano como concepto no es más que una Isla que sabe a tomate y a cerdo, que sabe a sazón y descomposición, que excrementa por todos y cada uno de sus poros; una Isla que se mantiene a expensas de su propio vómito de lo que desecha y vuelve a tragar.

El ser humano ante todo es un ser; un ser creado, creador y recreador, es más bien un “no ser” dentro de sí mismo y que se “cultiva” a sí mismo. A su vez, también lo es para ser un “ser algo qué”, en otras palabras, un ser para algo, un ser con atributo, un ser de capacidad, un ser volitivo.

Por su parte, “lo humano”, es todo aquello relativo al hombre, relativo a lo racional y a lo sensible. Es por esto que el ser humano junto con su capacidad de raciocinio por su telencéfalo altamente desarrollado, con habilidades y destrezas gracias a su pulgar oponible, puede perfectamente “comportarse”; comportarse como tal o comportarse como otro, como otro ser humano distinto a sí mismo, como un ser humano común y corriente, como un ser humano elegante y distinguido, como un “no ser humano”, como un pederasta, un estudiante, un sociópata, un académico, un anarquista, un fascista o, en el mejor de los casos, como un animal, como un cerdo; esto es, un hombre puede llegar a comportarse como un deleznable desperdicio comiendo de su misma bazofia, comiéndose a sí mismo.

Un ser humano puede comportarse en discordancia a lo que dice mientras lo dice y en concordancia a lo que piensa y que no hace.

Por su parte, el comportarse de tal o cual manera, obedece a la capacidad “libre” de un “conducirse”; llevarse de un sitio a otro, de un Mundo a otro, de una Isla a otra: en definitiva, un auto guiamiento bajo los efectos somníferos de una re-presentación, del hacerse a través de sí, para sí y en algunas instancias sólo “porque sí”; un repliegue continuo y en contante flujo de la parte por el todo, una flor con cualidades soporíferas de putrefacción.

El ser humano absolutamente canibalizado, antropófago, que goza al ingerir de otro ser humano su telencéfalo altamente desarrollado, que gusta del esfuerzo del otro gracias a su pulgar oponible, que se jacta de su condición social un tanto menos miserable y que toma el despreciable espacio del otro como quien recoge frutos que se han caído de la mata, ese ser humano que lucra del otro, es el llamado el perfecto “ser humano”.

El ser humano es una Flor carnívora que habita en una Isla llamada “El Mundo de la re-presentación” lucrativa. El ser humano es una hermosa y bestial Dracunculus vulgaris que desprende de su inmensa fragilidad, los aromas más intensos y las materias más odoríficas.

Lo que acontece entonces, se configura como el resultado de los sutiles expeleciones biológicas y orgánicas que se manifiestan sobre el propio eje del ser humano.

Pequeños acontecimientos bajo grandes conceptos creados por el ser humano, pero que, sin embargo, apenas este puede comprender o, peor aún, malentiende -como quien toma la Biblia desde su literalidad más evidente- pese a poseer un telencéfalo altamente desarrollado y el pulgar oponible.

Es así como el ser humano se queda estupefacto al observarse a sí mismo. Se deja constreñido tanto a sí mismo, como al de ojos rasgados, al blanco, al mestizo, al judío, y al católico Apostólico y Romano.

El ser humano es un atrapa-moscas enrollado en su propia ondulación y toxicidad, el cual vive, se “desarrolla” y muere mientras hiede y se emponzoña a sí mismo junto a la demagogia de su propio discurso.

Nos “cultivamos” como seres humanos oliendo a carne putrefacta. Infectamos a otros seres humanos y con suerte repelemos a algunos. Nos alimentamos de moscas, al igual que deglutimos ideas y las transformamos en ideologías descompuestas.

Por Cynthia Pedrero Paredes

Puedes ver el documental completo acá (duración 10 minutos):

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