Mindhunter podría ser considerada la madre de todas las series que traten y retraten a asesinos en serie. Esta producción original de Netflix está basada en hechos reales, ni más ni menos que en las conversaciones que llevaron a cabo los agentes del FBI John E. Douglas y Robert K. Ressler en la década del ’70, en donde entrevistaron a diversos asesinos en serie que estaban cumpliendo condenas en prisión, con el objetivo de crear perfiles de comportamiento y poder así, anticipar, detectar y atrapar a personas que pudieran ser asesinos en potencia. Era la primera vez en la historia que la sicología se usaba en un terreno tan duro y tan de “metal”, pero por sobre todo que fuera aceptado por una institución tan rígida como el FBI.

Para efectos de la serie (producida por Charlize Theron y David Fincher, entre otros, y donde este último dirige algunos capítulos de la serie), los nombres de los detectives fueron cambiados. Así, John E. Douglas es “Holden Ford”, Robert K. Ressler es “Bill Tench” y la Dra. Anna Torv es “Wendy Carr”.

¿Saben dónde está lo atractivo de la producción? En el morbo de que la pantalla se transforma en una pasarela en donde desfilan los asesinos en serie norteamericanos más famosos a lo largo de la historia. Algunos modelitos que podemos ver, entre otros muchos, son Ed Kemper, David Berkowitz, Wayne Williams y… Charles Manson. Perdonando la comparación o el paralelo que utilizaré y que puede no gustar o no ser compartido, ver Mindhunter es como si un fanático de súper héroes vea una serie en la que entrevistan no al actor, sino al héroe. Ese morbo de saber de su propia boca, de su propia experiencia, qué pensó, que sintió, qué lo motivó al abuso y al asesinato consecutivo; apreciar y sopesar el grado de locura que tienen estos hombres en distintos niveles. Ese grado de ausencia en algunos casos, de intensidad en otros, la mentira, el engaño, el narcisismo, todos antivalores que podemos claramente identificar.

Siendo ese el hilo central, tenemos varias aristas que se van desprendiendo. Primero que todo, Holden Ford es soltero y vive solo, es el agente que en su afán de insistir con su propósito de crear un patrón del criminal, muchas veces termina arruinando alguna entrevista o decisión ejecutiva. Por su parte, Bill Tench es casado y padre de un hijo, niño que dará mucho que hablar en la segunda temporada (caso que también está basado en un hecho verídico, pero no atribuible al hijo de Bill en la vida real). La doctora Wendy Carr es una mujer soltera y homosexual que encuentra pareja en la segunda temporada, siendo éste otro de las aristas que retrata la serie, la dificultad de reconocer una condición sexual ante el resto, con todo el revuelo que eso significa, y sobre todo cuando es al mismísimo FBI.

Con un jefe poco convencido de este método pero que reconoce que va tomando forma, en un principio se destinan pocos recursos a la investigación. Este grupo humano trabajará en la típica oficina olvidada en el sótano del edificio. Desde allí prepararán las entrevistas y armarán cuidadosamente cuestionario y visita.

Si bien las preguntas evidenciadas en la serie no necesariamente son las mismas que se realizaron en la vida real, sí lo son algunas de las fotografías enseñadas de las víctimas, como el de Sharon Tate, por ejemplo.

La primera temporada es un viaje por la mente de distintos criminales en diferentes ciudades de Estados Unidos. Ese es su corazón. Los matices son potentísimos, como por ejemplo, ver a Ed Kemper “adoptar” a Holden como un amigo; la manera en que los agentes discuten caso a caso al momento de transcribirlos; como van uniendo las historias para comenzar a tomar hebras y poder así construir un perfil. Y todo eso ante la mirada suspicaz y un tanto incrédula de la Jefatura.

En la segunda temporada, el número de entrevistas a asesinos célebres disminuye, ya que los agentes se concentran en una búsqueda que, en línea temporal de la serie, está ocurriendo en ese mismo instante, y es el caso de los terribles asesinatos de más de 20 niños de color en la ciudad de Atlanta. Por lo que aparte de las entrevistas a criminales que cumplen condena, se añade esta investigación en la que se puede comenzar a emplear la teoría de las conclusiones preliminares de sus estudios para dar caza a este asesino de niños.

En cuanto al aspecto técnico del programa, destaca ampliamente la paleta de colores empleada. Acá David Fincher propuso algo. Desconozco si fue en forma explícita o no, pero la serie tiene un color verde que predomina en todos los capítulos. Interiores y exteriores, todo es verde. Sin embargo, también utiliza el color azul en personas y cosas que quiere separar del hilo de la serie cuando desea proponer otras cosas, generalmente no malas o abusivas. El traje de una persona, un archivador, un mueble, una carpeta, sirven de contraste a la paleta constante de la serie.

Mindhunter debe ser miel para sicólogos. Debería ser un deber para ellos ver esta serie y comenzar a desmenuzarla a través del análisis que hacen los mismos protagonistas, sabiendo que estos fueron hechos reales que ocurrieron décadas atrás.

Se prepara una tercera temporada. Ya hay algunos nombres de asesinos en serie que podrían aparecer, Ted Bundy por ejemplo, quien está tan de moda en estos momentos con dos series y una película que retratan su atrocidad.

Por Daniel Bernal
En Twitter: @DanielBernalY