Los Ochenta ya lo Hicieron

Hace mucho tiempo, el cine hollywoodense bebía de la política moralista de la época, y las víctimas de las películas de terror solían ser adolescentes promiscuos y buenos para el carrete, ejecutados por una siniestra encarnación de la condena eterna. Mucho ha cambiado desde entonces, la sangre ha sido sustituida por destripamiento, los monstruos por pixeles, pero algunas películas insisten en arrimarse al mal árbol.

Un viejo adagio reza “Ya se han contado todas las historias, así que si vas a contar una, mejor hazlo bien.” Hoy en día debería decirse, si vas a hacer un remake, hazlo bien. Bueno, “Noche de Miedo” no lo hizo. La película es el remake del original de Tom Holland, una entretenida producción ochentera que podía justificarse con que era ochentera. La actual, no.

Charlie es el típico joven nerd que busca abrirse paso en el mundo de los populares de la secundaria, concepto que en los ochenta habría impactado, pero  ahora…Incluso los “Triunfadores” se peinan con jopo y parecen chicos populares arrancados de Grease. Claramente es lógico quién está destinado a salvarse y quién será la víctima. Por supuesto, Charlie reniega de su pasado y antiguas amistades impopulares, los archivistos nerds ochenteros. Adivine, su ex amigo nerd ¡Usa lentes! ¡Y es fan de los superhéroes! ¿Cómo se les habrá ocurrido un personaje tan original?

Como sea, Charlie descubre que el carismático vecino que acaba de mudarse a su casa (Cómo no) es un vampiro. Por supuesto (Cómo no) nadie le cree. Lo interesante es que al principio, Jerry (El vampiro) sabe que Charlie sabe que es vampiro, Charlie sabe que Jerry sabe que Charlie sabe, pero ambos actúan esperando el momento para develar sus verdaderas intenciones. Como toda película de la época, tras el maloso haberse piteado a la mina rica y promiscua, la mujer objeto a la que no le da para pareja del protagonista, comienza la acción directa pura y dura, donde Jerry no ocultará sus intenciones y atacará a Charlie, su madre y su novia, a quienes no les queda más que aceptar que los vampiros existen.

Charlie se verá obligado a solicitar la ayuda de Peter Vincent, un ridículo y pomposo héroe de tercera que parece saber algo de vampiros y que cuenta con medios para ayudarlo y ganarse el papel de segundón que viene a poner la nota cómica pero termina robándose la película frente al protagonista plano (La tuvo fácil). Por supuesto, Vincent nos anuncia cómo terminará la película, regalándole a Charlie el arma anatema y describiendo los efectos que produce al ser usada en el malo maloso. Gracias.

¿Lo mejor de la película? Claramente Colin Farrell recupera ese vampiro cruel y carnaza que Hollywood ha olvidado gracias a la moda del vampiro sensible iniciada con la Drácula de Coppola y llevada al summun en la saga Crepúsculo, donde la palabra “sensible” es un eufemismo.  ¿Lo peor? Claramente, estamos frente a un claro caso del síndrome Seinfeld: Todos los personajes son más interesantes que el protagonista. Con decirles que solo se vuelve divertida a la mitad, cuando entra en escena Peter Vincent, el personaje que viene a salvar no solo a Charlie, sino también a la película. Por no mencionar que el final es digno del “todo fue un sueño” y que las que vendrían a ser escenas de tensión dramática tienen menos tensión dramática que los momentos previos antes de meterme a la ducha. Hay una escena particularmente graciosa donde Charlie se oculta de Jerry, quien se desplaza en su propia casa buscándolo. Charlie se mueve junto con Jerry alrededor de la escalera de la casa para que no lo vean, y les juro que faltó que se escondiera en un arbusto y se moviera junto con este, o se pusiera una pantalla de lámpara en la cabeza y pasara desapercibido.

En resumidas cuentas, una película que solo hace que den ganas de ver la original, y que nos hace replantearnos la necesidad de que se hagan muchos remakes. ¿Acercar los clásicos al nuevo público, con un lenguaje cinematográfico más familiar para ellos? ¿Explotar franquicias? ¿Pereza de los guionistas? Difícil saberlo. Pero si se hace, debe hacerse, sin duda, sin dejar esa amarga sensación- como hace este filme- de que los Ochenta ya lo hicieron.

Por el Genial Felipe Tapia.