Mundos Opuestos, el Festival de Viña o la entrega de los premios Oscar. Quién quiero ser. Más que una opción de zapping, una declaración de principios. Por más que la pelea entre Thiago y Fabrizio me tuviese expectante, los buenos me necesitaban en su bando. Y a esta altura, los finales felices son cada vez más necesarios.

Como en toda nueva entrega, las franquicias siempre vienen recargadas. Más oscuras, más difíciles, nuevos y numerosos villanos. Y como siempre, en la última etapa, un caudillo impasable que amenaza con destruir la paz de la tierra. Hiedra Venenosa en una, el Dos Caras en otra. No importa. No importan las injusticias, no importan las artimañas, ni siquiera la mala suerte. Nuestro héroe se levantará y con un poco de ayuda de sus amigos derrotará al enemigo. La lluvia pasa, el sol vuelve a salir…aunque sólo sea de manera momentánea.

Un pequeño respiro en el que nuestro salvador toma asiento en primera fila para observar la última gran sorpresa: “el mono final” no es más que un simple peón. Tras los ejecutantes siempre hay un gran cerebro que por ahora nos ha perdonado pero que amenaza con volver y destruir nuestra preciada calma.

Empieza la transmisión. Cinco premios para “Hugo”, se empieza a hacer justicia. Cae la primera manipulación sentimental al recompensar a “Los Descendientes”. De pronto, una bengala nos distrae: Woody Allen. Reímos. Pero, qué es eso. ¡El pobre le roba a los ricos! Octavia Spencer mejor actriz de reparto. Los débiles vuelven a sonreír. Escena siguiente muere un caudillo. Ha caído Terrence Malick. Nunca más volverá a aparecer en el campo de batalla. Ok, se viene lo peor. “And the Oscar goes to…The Artist”. Billy Crystal sonríe, Dujerdin llora de felicidad y en el canal de al lado Garras de Amor pica cebolla. Parejito. Lo logramos. Sobrevivimos. Los buenos ganan una vez más. El sol vuelve a salir y el cine sigue siendo la máquina creadora de nostalgias por excelencia. ¿Todo bien? Debe ser. Mira a tu alrededor. La reina Meryl, con su corona en alto, saluda al caballero Plumber quien por fin ha logrado el reconocimiento tan merecido de la comarca. Pero algo huele raro. Hollywood parece demasiado tranquilo. Mejor saludemos a Irán y a la fantástica “A Separation”. Tan sólo debemos pasar sobre la primera fila repleta de militares invitados a la ceremonia. ¿Militares? Repito, algo huele raro. En el salón Kodak −ícono de la industria del cine porque Kodak monopolizaba el celuloide, pero que ya no se llama así porque la empresa quebró y aún así hacen la entrega ahí− se escuchan risas misteriosas. Gente con la cara extremadamente blanca resguarda la situación. En el fondo, un tipo de pelo verde y traje morado ríe mientras se pierde en las sombras.

¿Leyendo entre líneas? Al momento de presentar “The Artist”, se hizo hincapié en que fue la única película rodada en Los Ángeles. ¿Tiene algo que ver la calidad de la película con eso? ¿Debe ser considerada? O es sólo un dato freak, porque por eso también hagan hincapié en que “War Horse” es la única nominada en la que sale un caballo. No, se destaca porque “The Artist” es una reverencia al cine. Ahhhhh…¿y Hugo no? ¿Les suena George Méllies, el padre de la ficción? Un tipo que al ser vetado por el monopolio Lumiére inventó su propia cámara. Pero “The Artist” es magia pura. ¡Melliés era mago! La diferencia es que la película francesa alaba a Hollywood y, por sobre todas las cosas, a la industria. Seamos serios. No estamos hablando de una premiación cualquiera. Son los Oscar. Aquí no basta con sólo complacer a la industria. El cine es arte, emoción, sentimientos. Te creo en los SAG. Pero el Oscar merece un poco más de cuidado.

Hazanavicius es premiado por “homenajear”. Por hacer “guiños”. Corrección: guiño es el fondo de tela en “Kiltro” a las antiguas películas orientales. Una película que transita durante media hora por un guiño pasa a ser una copia. No entraremos en el juego iluso de “que pasaría si le ponemos color y sonido”, porque no tiene sentido. Pero una película que concentra su mejor parte en un “guiño” a “Sunset Boulevard” de Billy Wilder quizás merezca un Oscar para Bily Wilder. Mejor guión en 1951. Mejor director en 2012, de ninguna manera. Menos si en la otra vereda está Scorsese o Alexander Payne quien lleva tres películas memorables en línea (About Schmidt, Sideways, Los descendientes). ¿Mejor película? Veamos. ¿Tiene un buen guión? No. ¿Tiene un buen montaje? No. ¿Qué es? Una buena idea. Una película encantadora que se sostiene en herramientas ajenas, es decir, creadas por otros. Tiene buena música, claro que sí, aunque en “Vértigo” la original de Hitchcock suena mejor. Pregunta. Si el actor hubiese sido George Clooney, ¿gana? Sí. Entonces, quizás no es tan inolvidable el papel de Dujerdin. Y no precisamente por culpa suya, sino por los bases del edificio. No ganó guión, y no por que la competencia era muy dura. Todo lo que sucede es previsible, no sólo al principio sino en la escena anterior a que ocurra. Y con esto sigo en guión: la película de Woody Allen era una buena idea, pero guión no. Promete, promete y se revienta al final. Ni siquiera está resuelto, basta con que recuerden la escena en la lluvia donde Owen Wilson explica toda la película en una maniobra de serie tipo Cubox o BKN.

¿Qué está ocurriendo entonces? Salfate, no es necesario deletrear conspiraciones. Es bastante más simple. Basta con recordar que “Chicago” ganó mejor película. Los Oscar son una alabanza de la industria hacia la industria. El lobby es una herramienta, los favores otra. Si Malick hiciera una película sobre los Cazafantasmas el próximo año, ganaría un Oscar. Pero no es así. Ojo, esta no es una defensa del “El árbol de la vida”, película sobre la que Ascanio Cavallo escribió que Malick “filmaba mejor de lo que pensaba”, sino es una simple explicación del gato por liebre que nos pasaron la otra noche. El Oscar es un producto más, y no hay que ser brillante para unir cabos. Porque si se trataba de belleza, arte y sentimientos no había mejor alabanza y promoción al 3-D que en el documental de Wim Wenders sobre Pina. No ganó. Tampoco ningún documental tipo verde. Manipulación de sentimientos 1-0-1. O Qué tengo en la mano derecha, pasé la pelota a la izquierda cuando no veías. Sabemos que es un truco, aún así no hacemos nada para evitarlo. Nos mantenemos en primera fila observándolo, mientras en silencio soñamos con que un final feliz vuelve a iluminar la ciudad. Afortunadamente, mientras la oscuridad y el miedo siga azotando Ciudad Gótica, siempre habrá un justiciero dispuesto a devolver la alegría, y junto a él un séquito de Robin’s y Alfred’s dispuestos a todo. El héroe tendrá los músculos pero de nosotros depende darnos cuenta que los billetes del alcalde  son casualmente del mismo color que el pelo del tipo de traje morado que ríe a carcajadas al fondo del salón.

Termina la ceremonia. Todos enojados. Polo Muñoz llora en un rincón, Salfate destruye el estudio. Tranquilo. Mañana nadie lo recordará, tal como la pelea entre Thiago y Fabrizio que me perdí. Menos mal que era éste lado al que quería pertenecer.

 

                                                                                                                                             © Por Ignacio Hache