Si había un referente de estabilidad hollywoodense, ése era el humor de Robin Williams. Su capacidad para el drama nunca pudo eclipsar al payaso de nariz bien roja, al extraterrestre inadaptado, al ultra exagerado, absurdo y lúdico que Williams cargaba en su multiplicidad. Tal era la brillantez de su trabajo, que nunca vimos cien por ciento al humano común y corriente, no el que tan cotidianamente nos hacía reír, sino el que hoy nos hace llorar.

Desde Charles Chaplin, sus polémicas y soledad, hasta Graham Chapman de los Monty Python, con su homosexualidad oculta y alcoholismo a la vista, pareciera que salvo excepciones, como la del longevo payaso Oleg Popov, el comediante genial tiende a ocultar, cual herrero que guarda un cuchillo de palo, el sino del sufrimiento y eventualmente la desgracia. Donde sea que ellos estén, pasan cosas. Por lo general, cuan mayor es el talento mayor es el choque con el frío y desolado ejercicio de inteligencia que majaderamente deben desarrollar para poder dar forma humana a la hilaridad del arte que realizan.

Es posible que el hombre tuviera problemas, demonios o fantasmas que finalmente le pasaron la cuenta, pero su legado artístico fue tan vasto, tan magnífico y a la vez tan cercano, que es por lo que siempre, al menos públicamente, será recordado.

Robin Williamas y Hugo

En el Museo de Madame Tussauds, la imagen de Williams me invita a recordarlo como el genio que siempre fue.

Personalmente yo lo recordaré porque nunca vi Popeye (1980). Lo conocí en “Mork & Mindy” (1978-1982) y su extraterrestre me conquistó por cansancio. Lo escuché en “Buenos días, Vietnam” (1987). Me hicieron ver en el colegio a su John Keating de “La sociedad de los poetas muertos” (1989), qué ironía la desgracia de aquella película y la vida real. Amé “Despertares” (1990) y “El pescador de ilusiones” (1991), pero odié su Peter Pan de “Hook” (1991). En 1992 el horrible doblaje de “Ferngully” se me repitió en “Aladdin” y no lo pude escuchar, sino hasta años más tarde en un VHS. Leslie Zevo en “Juguetes” (1992) me dejó muy intrigado y al año siguiente la Señora Doubtfire me hizo carcajear. Forjó parte importante de mis imperdibles del cable, esas películas que detienen el zapping del control remoto porque quieres volver a verlas por decimotercera vez: “Jumanji” (1995), “La jaula de los pájaros” (1996) “Good Will Hunting” (“En busca del destino”, 1997), “What Dreams May Come” (“Más allá de los sueños”, 1998), “Patch Adams” (1998) y “El hombre bicentenario” (1999). Ya a inicios del milenio, con un Oscar bajo el brazo y sus papeles de sicópata empecé a perderle el rastro. El actor continuó siendo prolífico y yo, la verdad, lo di por sentado. Asumí que la felicidad en la naturaleza de la mayoría de sus personajes, tanto en sus películas como en sus presentaciones en vivo, era una especie de seguro de su propia vida.

Nunca lo conocí aunque sé como era físicamente, eso claro fue gentileza de Madame Tussauds. En Londres, su imagen invita a sentir el escenario de un stand up. Y así como elijo cual de sus películas quiero volver a ver, creo que esa postura del comediante es la que elijo preservar. Esa magia inmortalizada es la que finalmente creo, es la que debe prevalecer.

© Hugo Díaz

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